Sunday, December 30, 2012
Thursday, December 27, 2012
Wednesday, December 26, 2012
Imagino la dicha de ser padre
Imagino la dicha de ser padre. Quisiera alegrarme plenamente, pero sólo pienso en mí.
Recuerdo tus palabras diciendo que soy yo tu razón de querer ser mejor. Sonrío, no lo soy.
Que me amas. Sonrío, no es verdad.
Que me extrañas. Sonrío, estás donde quieres estar.
Percibo el latido traslúcido del día en el que compartas tu vida conmigo; entonces, se me rompe el alma y el corazón.
Recuerdo tus palabras diciendo que soy yo tu razón de querer ser mejor. Sonrío, no lo soy.
Que me amas. Sonrío, no es verdad.
Que me extrañas. Sonrío, estás donde quieres estar.
Percibo el latido traslúcido del día en el que compartas tu vida conmigo; entonces, se me rompe el alma y el corazón.
Wednesday, December 19, 2012
Encuentro
Tuvimos una aproximación suave, plumífera, cálida.
Mi pecho se posó sobre su torso.
Mi blusa hizo contacto con la camisa de su equipo deportivo favorito, sentí la textura algodonada, la pasión y la inocencia fundidas en sus colores.
Mis manos tocaron su media espalda, mis yemas se deslizaron delicadamente hacia su área lumbar.
Al instante, sus rojos labios abanicaron una amplia sonrisa dibujando un destello celestial en sus negros y profundos ojos. Mi cara hizo espejo a la suya.
Sus manos subieron a mis hombros, bajaron acariciando mis brazos, llegaron a la cintura hasta el punto en el que nuestros ombligos se quedaron cerca uno del otro y la punta de mi nariz buscó a su homóloga.
Sentí cómo mis párpados se entrecerraron aborregadamente mientras lo miraba y todo se volvía un espiral de adrenalina y amor.
No quise más que ser feliz.
Mi pecho se posó sobre su torso.
Mi blusa hizo contacto con la camisa de su equipo deportivo favorito, sentí la textura algodonada, la pasión y la inocencia fundidas en sus colores.
Mis manos tocaron su media espalda, mis yemas se deslizaron delicadamente hacia su área lumbar.
Al instante, sus rojos labios abanicaron una amplia sonrisa dibujando un destello celestial en sus negros y profundos ojos. Mi cara hizo espejo a la suya.
Sus manos subieron a mis hombros, bajaron acariciando mis brazos, llegaron a la cintura hasta el punto en el que nuestros ombligos se quedaron cerca uno del otro y la punta de mi nariz buscó a su homóloga.
Sentí cómo mis párpados se entrecerraron aborregadamente mientras lo miraba y todo se volvía un espiral de adrenalina y amor.
No quise más que ser feliz.
Sunday, December 16, 2012
El centro del universo
Río al recordar el tiempo en el cual me creía el centro del universo.
A veces, cuando mi hija me habla de su vida siento que estoy escuchando a la adolescente que fui hace unos años.
Creo que, apenas ahora que soy madre entiendo el sentido profundo del dicho: "más sabe el diablo por viejo, que por diablo". Es la experiencia propia, no mi parentezco con ella lo que me permite dibujar en mi mente una idea de lo que experimenta.
Escucharla me da la oportunidad de reconocer que fui la encarnación de la teoría de Ptolomeo, ¿Qué edad tenía cuando el más guapo no me quitaba los ojos de encima en cualquier lugar al que iba?
Sin importar cómo se llamase el chico en turno, el epiciclo se repetía: él nunca me invitaba a bailar, ni a salir, ni pedía mi número; y aún así, en mi cabeza estaba la certeza constante de que yo le gustaba.
Durante nuestras conversaciones quisiera hablarle de mí, de mi adolescencia, que se diera cuenta de las implicaciones de la geocentricidad.
Contarle que sin ser plenamente consciente, un día de pronto descubrí que cuerpo y carácter hacían las veces de masa gravitacional de una persona. Y bueno, la interacción entre las masas gravitacionales podía tener como resultado algo newtonianamente llamado atracción. Que, en nuestra cultura deriva en la conformación de una pareja.
Algo que recuerdo, aunque no sé si se lo diría es que, en su momento, me imaginaba a las parejas generando energía cinética. Que ésta podría entenderse como la fuerza responsable de impulsarlos tanto a seguir en la vida, como a permanecer con esa pareja; paralelamente, influía la acelaración que llevara ese movimiento en conjunto, es decir, la felicidad, el bienestar que cada cual sentía.
En pocos años, noté que algunos casados no llevaban una trayectoria circular de pareja, como yo imaginaba. El asunto se parecía a las órbitas elípticas, y a veces estaban más lejos de allá y más cerca de aquí. Pero órbitas al fin -le aclararía a mi hija-, nada de entrecruzamientos.
Quizá, mi conversación con ella llegaría hasta ahí. Aún no me siento capacitada para hablarle de Hubble. Claro, me encantaría ejemplificarle las múltiples galaxias por las cuales se puede navegar, y enfatizar que al final, sólo una de ellas es casa.
Presentarle la sintonía y la dependencia de unos sistemas de vida respecto a otros.
Lo que no sé es cómo haría para hablarle de ello, sin pensar en las pláticas que he tenido con primas, primos, sobrinas, conocidos y amistades que se han hecho pareja, o se han enamorado de alguien que pertence a un sistema solar de un campo semántico socialmente no aceptable.
Hago un alto y me pregunto, ¿Hasta dónde podría explicar todo eso a mi hija sin llenar de juicios su cabeza?
Muchas veces lo he pensando, y aún creo que no decírselo -como me gustaría- es lo mejor que puedo hacer por ella.
Pensando que yo fui el centro del universo, ¿habría querido aprender de palabras de otras personas? ¿por qué, entonces, pienso que mi hija lo haría?
¿por qué sería válido pensar que tengo autoridad para hablar de eso con ella? ¿o asegurarme que lo que pienso es lo correcto?
Ella es maravillosa, así tal cual es. Estoy segura que un día entenderá mis pensamientos de hoy y, sea que los acepte o los rechace, yo tendré la certeza de estar contenta debido a que ella, ahora, comparte conmigo sus vivencias adolescentes.
A veces, cuando mi hija me habla de su vida siento que estoy escuchando a la adolescente que fui hace unos años.
Creo que, apenas ahora que soy madre entiendo el sentido profundo del dicho: "más sabe el diablo por viejo, que por diablo". Es la experiencia propia, no mi parentezco con ella lo que me permite dibujar en mi mente una idea de lo que experimenta.
Escucharla me da la oportunidad de reconocer que fui la encarnación de la teoría de Ptolomeo, ¿Qué edad tenía cuando el más guapo no me quitaba los ojos de encima en cualquier lugar al que iba?
Sin importar cómo se llamase el chico en turno, el epiciclo se repetía: él nunca me invitaba a bailar, ni a salir, ni pedía mi número; y aún así, en mi cabeza estaba la certeza constante de que yo le gustaba.
Durante nuestras conversaciones quisiera hablarle de mí, de mi adolescencia, que se diera cuenta de las implicaciones de la geocentricidad.
Contarle que sin ser plenamente consciente, un día de pronto descubrí que cuerpo y carácter hacían las veces de masa gravitacional de una persona. Y bueno, la interacción entre las masas gravitacionales podía tener como resultado algo newtonianamente llamado atracción. Que, en nuestra cultura deriva en la conformación de una pareja.
Algo que recuerdo, aunque no sé si se lo diría es que, en su momento, me imaginaba a las parejas generando energía cinética. Que ésta podría entenderse como la fuerza responsable de impulsarlos tanto a seguir en la vida, como a permanecer con esa pareja; paralelamente, influía la acelaración que llevara ese movimiento en conjunto, es decir, la felicidad, el bienestar que cada cual sentía.
En pocos años, noté que algunos casados no llevaban una trayectoria circular de pareja, como yo imaginaba. El asunto se parecía a las órbitas elípticas, y a veces estaban más lejos de allá y más cerca de aquí. Pero órbitas al fin -le aclararía a mi hija-, nada de entrecruzamientos.
Quizá, mi conversación con ella llegaría hasta ahí. Aún no me siento capacitada para hablarle de Hubble. Claro, me encantaría ejemplificarle las múltiples galaxias por las cuales se puede navegar, y enfatizar que al final, sólo una de ellas es casa.
Presentarle la sintonía y la dependencia de unos sistemas de vida respecto a otros.
Lo que no sé es cómo haría para hablarle de ello, sin pensar en las pláticas que he tenido con primas, primos, sobrinas, conocidos y amistades que se han hecho pareja, o se han enamorado de alguien que pertence a un sistema solar de un campo semántico socialmente no aceptable.
Hago un alto y me pregunto, ¿Hasta dónde podría explicar todo eso a mi hija sin llenar de juicios su cabeza?
Muchas veces lo he pensando, y aún creo que no decírselo -como me gustaría- es lo mejor que puedo hacer por ella.
Pensando que yo fui el centro del universo, ¿habría querido aprender de palabras de otras personas? ¿por qué, entonces, pienso que mi hija lo haría?
¿por qué sería válido pensar que tengo autoridad para hablar de eso con ella? ¿o asegurarme que lo que pienso es lo correcto?
Ella es maravillosa, así tal cual es. Estoy segura que un día entenderá mis pensamientos de hoy y, sea que los acepte o los rechace, yo tendré la certeza de estar contenta debido a que ella, ahora, comparte conmigo sus vivencias adolescentes.
Friday, December 14, 2012
Vajilla de reyes para la reina
Estoy segura de que el cielo debió haberse visto gris. Yo lo recuerdo en color sepia.
Lo miraba absortamente, pensaba en los tonos diferentes que había de una nube a otra, en la cercanía entre ellas, en la suavidad de su cobijo, en la felicidad de que al cubrir a una persona, sus sueños se volvieran realidad. Imaginaba que, si una de ellas me abrazara percibiría un olor dulce.
Una gota de miel cayó sobre mi frente y, tras ella, un ejército. Bajé del cerro, sonriendo, corriendo, buscando a las demás: ¡había tormenta!
Conforme me acerqué al pueblo, encontré niños que, igual que yo, iban por las calles siguiendo al naciente riachuelo. Mientras más me acercaba al centro del pueblo, más niños encontraba.
Llegó el momento en el que todas mis amigas y yo íbamos juntas. En las marcas de las paredes de las casas, yo podía notar cómo el cuerpo de agua iba creciendo.
Mis pies también lo notaban, pero éstos se limitaban a transportarnos por aquel viaje de ensueño, en el cual los listones de nuestras trenzas coloreaban los sentimientos que los niños conducíamos por las calles.
Hacia el final del camino, ya llevábamos las nagüas alzadas, pero igual que los otros niños, nos mojábamos, enlodábamos, bailábamos como los adultos; aunque claro, a diferencia de ellos, nosotros interpretábamos la música de las bandas con la boca y las manos. Quien nos hubiera visto, habría pensado que miraba un cuadro.
Mis amigas dijeron que pronto dejaría de llover, que debíamos volver. Todas sabíamos lo que eso significaba, así que nos sonreímos unas a otras y subimos prácticamente corriendo. Llegamos a mi casa, entre dos me subieron y alcancé a empujar una de las puertas pequeñas de la ventana de madera amarilla. Me acomodé, alcancé el seguro, lo destrabé y entonces, las pude abrir de par en par. Todas entramos por ahí.
Nos instalamos cerca de lo que llamábamos la granja. Tomamos un poco de tierra mojada y cada una se puso manos a la obra. Yo me senté como había visto tantas veces a mi mamá frente al fogón. Tomé un poco de mezcla como si la estuviera sacando del metate. Empecé a tortear hasta darle detalles a un pequeño plato, después a otro; luego, a las tazas y a los vasos.
En poco tiempo cada una tenía arreglada su propia cocina. Jugábamos a visitarnos. En cada ocasión estrenábamos la vajilla de la amiga recién casada. Ella nos ofrecía comida, bebida y nosotras le preguntábamos para cuando tendría su primer bebé. La comadrita en turno respondía cualquier cosa. Todas reíamos pícaramente.
Poco a poco, caía la tarde y las comadritas dejaban de visitarse, y volvían a su forma de niñas y regresaban a sus casas.
Regularmente, cuando se iban, yo me bañaba y después me dormía. Ése día, sin embargo, saliendo de bañarme, mi papá me llamó.
Pensé que mamá por fin había logrado que me regañaran por regresar con las nagüas enlodadas, por no ayudar en la casa en día de lluvia, por entrar a hurtadillas e irme a dormir sin cenar.
Llegué a la cocina casi llorando, pensando en los azotes que me esperaban, en las palabras hirientes que tantas veces había escuchado en boca de adultos...
Mi padre sonreía tan ampliamente, que ni cuenta se ha de haber dado de la húmedad en mi cara. Hoy las ventas estuvieron bien. Me dijo. Alcanzó para traerte una sorpresa.
¿Una sorpresa? ¿Qué será? Pensé
Abrí mis ojos desorbitadamente, sin poder articular palabra.
Mi papá sonrió y su cuerpo desbocado hacía pensar que sería él quien recibiría la sorpresa. Podía ver cómo sus ojos de obsidiana se iluminaban bajo el gastado sombrero de palma.
Tenía las manos atrás de la espalda. Finalmente dijo ¡mira! Y las trajo al frente.
Imaginé que una flecha de felicidad había dado en el centro de mi corazón, podía sentir cómo pequeños rayos rosas se expandían rápidamente por todo mi cuerpo, cómo aquella sensación lo llenaba de vida, visibilizando músculos que ni siquiera sabía que tenía. Mi cuerpo se había convertido en una lámpara de felicidad. Mi boca sonreía torpe, lenta, increíblemente.
Pensé que, finalmente, no me pondría triste por la efimeridad de la vajilla con la cual había jugado por la tarde. Ésta, a la mañana siguiente se desmoronaría igual que las anteriores. Pero ésta, ésta, la que papá había traído, sería mucho más duradera. Aquella vajilla color sepia llegó a ser mi compañera de muchas tardes, de importantes visitas a las comadritas o a otros grandes personajes.
Recuerdo haberla estrechado entre mis brazos esa noche, mientras mis pies danzaban en círculos y yo sonreía para mi gran tesoro, para aquella pequeña vajilla que colgaba de un listón.
Dicen por allá quesque hoy es día de reyes y que los niños deben recibir regalos. Me dijo. Y pues yo te...
Y lo interrumpí, y lo abracé fuertemente, y le llené de besos la cara y se me salieron otras lágrimas -no las que ya había preparado-. Gracias papito, gracias. Fue todo lo que pude decir.
Lo miraba absortamente, pensaba en los tonos diferentes que había de una nube a otra, en la cercanía entre ellas, en la suavidad de su cobijo, en la felicidad de que al cubrir a una persona, sus sueños se volvieran realidad. Imaginaba que, si una de ellas me abrazara percibiría un olor dulce.
Una gota de miel cayó sobre mi frente y, tras ella, un ejército. Bajé del cerro, sonriendo, corriendo, buscando a las demás: ¡había tormenta!
Conforme me acerqué al pueblo, encontré niños que, igual que yo, iban por las calles siguiendo al naciente riachuelo. Mientras más me acercaba al centro del pueblo, más niños encontraba.
Llegó el momento en el que todas mis amigas y yo íbamos juntas. En las marcas de las paredes de las casas, yo podía notar cómo el cuerpo de agua iba creciendo.
Mis pies también lo notaban, pero éstos se limitaban a transportarnos por aquel viaje de ensueño, en el cual los listones de nuestras trenzas coloreaban los sentimientos que los niños conducíamos por las calles.
Hacia el final del camino, ya llevábamos las nagüas alzadas, pero igual que los otros niños, nos mojábamos, enlodábamos, bailábamos como los adultos; aunque claro, a diferencia de ellos, nosotros interpretábamos la música de las bandas con la boca y las manos. Quien nos hubiera visto, habría pensado que miraba un cuadro.
Mis amigas dijeron que pronto dejaría de llover, que debíamos volver. Todas sabíamos lo que eso significaba, así que nos sonreímos unas a otras y subimos prácticamente corriendo. Llegamos a mi casa, entre dos me subieron y alcancé a empujar una de las puertas pequeñas de la ventana de madera amarilla. Me acomodé, alcancé el seguro, lo destrabé y entonces, las pude abrir de par en par. Todas entramos por ahí.
Nos instalamos cerca de lo que llamábamos la granja. Tomamos un poco de tierra mojada y cada una se puso manos a la obra. Yo me senté como había visto tantas veces a mi mamá frente al fogón. Tomé un poco de mezcla como si la estuviera sacando del metate. Empecé a tortear hasta darle detalles a un pequeño plato, después a otro; luego, a las tazas y a los vasos.
En poco tiempo cada una tenía arreglada su propia cocina. Jugábamos a visitarnos. En cada ocasión estrenábamos la vajilla de la amiga recién casada. Ella nos ofrecía comida, bebida y nosotras le preguntábamos para cuando tendría su primer bebé. La comadrita en turno respondía cualquier cosa. Todas reíamos pícaramente.
Poco a poco, caía la tarde y las comadritas dejaban de visitarse, y volvían a su forma de niñas y regresaban a sus casas.
Regularmente, cuando se iban, yo me bañaba y después me dormía. Ése día, sin embargo, saliendo de bañarme, mi papá me llamó.
Pensé que mamá por fin había logrado que me regañaran por regresar con las nagüas enlodadas, por no ayudar en la casa en día de lluvia, por entrar a hurtadillas e irme a dormir sin cenar.
Llegué a la cocina casi llorando, pensando en los azotes que me esperaban, en las palabras hirientes que tantas veces había escuchado en boca de adultos...
Mi padre sonreía tan ampliamente, que ni cuenta se ha de haber dado de la húmedad en mi cara. Hoy las ventas estuvieron bien. Me dijo. Alcanzó para traerte una sorpresa.
¿Una sorpresa? ¿Qué será? Pensé
Abrí mis ojos desorbitadamente, sin poder articular palabra.
Mi papá sonrió y su cuerpo desbocado hacía pensar que sería él quien recibiría la sorpresa. Podía ver cómo sus ojos de obsidiana se iluminaban bajo el gastado sombrero de palma.
Tenía las manos atrás de la espalda. Finalmente dijo ¡mira! Y las trajo al frente.
Imaginé que una flecha de felicidad había dado en el centro de mi corazón, podía sentir cómo pequeños rayos rosas se expandían rápidamente por todo mi cuerpo, cómo aquella sensación lo llenaba de vida, visibilizando músculos que ni siquiera sabía que tenía. Mi cuerpo se había convertido en una lámpara de felicidad. Mi boca sonreía torpe, lenta, increíblemente.
Pensé que, finalmente, no me pondría triste por la efimeridad de la vajilla con la cual había jugado por la tarde. Ésta, a la mañana siguiente se desmoronaría igual que las anteriores. Pero ésta, ésta, la que papá había traído, sería mucho más duradera. Aquella vajilla color sepia llegó a ser mi compañera de muchas tardes, de importantes visitas a las comadritas o a otros grandes personajes.
Recuerdo haberla estrechado entre mis brazos esa noche, mientras mis pies danzaban en círculos y yo sonreía para mi gran tesoro, para aquella pequeña vajilla que colgaba de un listón.
Dicen por allá quesque hoy es día de reyes y que los niños deben recibir regalos. Me dijo. Y pues yo te...
Y lo interrumpí, y lo abracé fuertemente, y le llené de besos la cara y se me salieron otras lágrimas -no las que ya había preparado-. Gracias papito, gracias. Fue todo lo que pude decir.
Thursday, December 13, 2012
Consulta pre navideña
En la consulta de hoy debí decirle al doctor que necesitaba terapia neural. Que me sentía peleada con alguien importante en mi vida, que estaba teniendo reacciones exageradas hacia el hombre que amo y estaba harta de la comida.
Pensé en las agujas alrededor de mi cara, en la resistencia de mis músculos, sintiendo sobre mis poros el despertar de una gota rojiza, mayúscula por un momento, para luego ser cobijada con una suave tela de algodón. Pensé en cómo el piquete de la tiroides me hacía dibujar en mi mente una soga apretada sobre mi cuello, esparciéndome un dolor profundo de derecha a izquierda, un mareo intenso: la adrenalina fundiéndose con el dolor. Sólo comenté el asunto de la comida.
El hastío de comer lo mismo por tres semanas era compresible, incluso normal. No hubo terapia neural.
El resto de la jornada clínica continuó igual que las otras: unos cuantos estímulos a las partes de mi cuerpo que están enfermas. Me di cuenta que el dolor es más intenso, pero lo encuentro menos dramático que en la cara.
Me esmeré por tener una conversación amena con el doctor, no sólo porque es quien me está ayudando a sanar, sino porque el sujeto me resulta simpático e interesante. Noté que procuraba alargar mi conversación con él, como si en ese momento hubiera sabido lo que seguiría en el día. Hablábamos de Tzintzincha y de los antepasados purépecha, de las batallas y los triunfos. No había lugar para pensar que mi pago no había estado listo.
Además, pregunté cosas tontas relacionadas con los alimentos, hice pausas largas, me aproveché un poco de que no hubiera más pacientes esperando afuera. Era como si en ese momento pudiera haberme aferrado al lugar y al tiempo, y no tener que llegar a la tarde, a ese convivio al cual no quería asistir. O al segundo. Lo único que quería era quedarme en la consulta, con el doctor, y esperar a que fuera de noche, hablar con mi amor, verle reír, escucharlo respirar, sentir su presencia en mi vida e irme a soñar.
Cuando el doctor preguntó si había comido algo que no debía, procuré hacer una lista minuciosa, detallada. Quizá habría sido bueno añadir lo que comería en la tarde, o en la noche, pero no me di cuenta de lo asustada que estaba. No me daba cuenta que el resto del día me sentiría simultáneamente contenta, con ganas de llorar y con ganas de dormir.
Ojalá le hubiera preguntado al doctor, ¿por qué me sentía así? ¿Por qué, de pronto, tenía esa suicida sensación de volver a la adolescencia, a la pubertad? A no saber qué ni por qué, ni medir los riesgos adecuadamente.
Cuando terminé de decir lo que había comido y no debía, habría sido conveniente comentar con el doctor que me estaba cansando de llorar antes de dormir, que hasta se me estaban formando ojeras, que mi dolor era profundo e inusual.
Pero él, el doctor, me despidió con un cálido abrazo, sus mejores deseos y un beso en la mejilla.
Pensé en las agujas alrededor de mi cara, en la resistencia de mis músculos, sintiendo sobre mis poros el despertar de una gota rojiza, mayúscula por un momento, para luego ser cobijada con una suave tela de algodón. Pensé en cómo el piquete de la tiroides me hacía dibujar en mi mente una soga apretada sobre mi cuello, esparciéndome un dolor profundo de derecha a izquierda, un mareo intenso: la adrenalina fundiéndose con el dolor. Sólo comenté el asunto de la comida.
El hastío de comer lo mismo por tres semanas era compresible, incluso normal. No hubo terapia neural.
El resto de la jornada clínica continuó igual que las otras: unos cuantos estímulos a las partes de mi cuerpo que están enfermas. Me di cuenta que el dolor es más intenso, pero lo encuentro menos dramático que en la cara.
Me esmeré por tener una conversación amena con el doctor, no sólo porque es quien me está ayudando a sanar, sino porque el sujeto me resulta simpático e interesante. Noté que procuraba alargar mi conversación con él, como si en ese momento hubiera sabido lo que seguiría en el día. Hablábamos de Tzintzincha y de los antepasados purépecha, de las batallas y los triunfos. No había lugar para pensar que mi pago no había estado listo.
Además, pregunté cosas tontas relacionadas con los alimentos, hice pausas largas, me aproveché un poco de que no hubiera más pacientes esperando afuera. Era como si en ese momento pudiera haberme aferrado al lugar y al tiempo, y no tener que llegar a la tarde, a ese convivio al cual no quería asistir. O al segundo. Lo único que quería era quedarme en la consulta, con el doctor, y esperar a que fuera de noche, hablar con mi amor, verle reír, escucharlo respirar, sentir su presencia en mi vida e irme a soñar.
Cuando el doctor preguntó si había comido algo que no debía, procuré hacer una lista minuciosa, detallada. Quizá habría sido bueno añadir lo que comería en la tarde, o en la noche, pero no me di cuenta de lo asustada que estaba. No me daba cuenta que el resto del día me sentiría simultáneamente contenta, con ganas de llorar y con ganas de dormir.
Ojalá le hubiera preguntado al doctor, ¿por qué me sentía así? ¿Por qué, de pronto, tenía esa suicida sensación de volver a la adolescencia, a la pubertad? A no saber qué ni por qué, ni medir los riesgos adecuadamente.
Cuando terminé de decir lo que había comido y no debía, habría sido conveniente comentar con el doctor que me estaba cansando de llorar antes de dormir, que hasta se me estaban formando ojeras, que mi dolor era profundo e inusual.
Pero él, el doctor, me despidió con un cálido abrazo, sus mejores deseos y un beso en la mejilla.
Monday, June 18, 2012
Pueblo y poesía
El eterno
hilo en que se juntaron
pueblo
y
poesía,
nunca
se cortó
hilo en que se juntaron
pueblo
y
poesía,
nunca
se cortó
Pablo Neruda
La Secundaria es la
época que más detesto de mi vida: recuerdo bien a mis compañeras, maestras,
algunas monjas y la consigna de no tener contacto con muchachos.
Recuerdo cómo nos
subíamos a una pequeña barda del patio a escuchar una canción de Fey y mover un
brazo a ritmo de su coreografía. Lo recuerdo, sí, pero prefería las compañías
que me decían que Zedillo era un títere de Salinas, las mismas de cuyas
pláticas no lograba entender si Tinoco Rubí -el gobernador- era gay, adicto o
borracho. A mí me parecía un político como cualquier otro. Si hubiera tenido
que marcar alguna diferencia entre él y los demás, habría dicho que él era jefe
de mi hermana y, que me gustaba que hubiera quitado a los ambulantes del centro
de la ciudad.
Los periódicos
hablaban de inseguridad en las calles y, a mí me preocupaba más la pérdida de
ceros que habían sufrido los billetes y el cambio de nomenclatura que estábamos
obligados a marcar. Recuerdo a mis presumidas compañeras hablando de cómo en
sus vacaciones durante el sexenio anterior habían podido comprar souvenirs por tres pesos cada uno. Yo no
conocía Disneylandia, pero extrañaba el peso de las monedas en el bolsillo, el
grosor, mucho olor a metal y aquella revitalizante sensación de triunfo y de riqueza
al tener en mi poder una Sor Juana.
Antes de esa época, yo ya sabía que la medida de las cosas era diferente para cada quien. Recuerdo la vez que nos llevaron
a un encuentro de zona escolar, o eso dijeron, tengo la certeza de no haber encontrado la lógica de la división de la zona, porque mi escuela estaba en el centro
de la ciudad y esa otra -a la que fuimos- era en Charo, un municipio vecino.
No podría identificar memorias de haber estado dentro de una escuela rural antes de aquella vez, pero estoy segura que no hice
las caras que vi en mis compañeras. En lo que coincidía con ellas era en que, el
viaje para llegar al encuentro había estado larguísimo y en que las monjas se
habían visto codas en lo que al transporte se refería. De ese viaje dos asuntos
resultaron inolvidables para nosotras: uno involucraba a una compañera, quien según la versión de las demás parecía
haber perdido un poco de su dignidad hablando con uno de los niños nativos; sin embargo, eso se atenuaba un poco con el gran descubrimiento de que
esos pobres lugareños creían que el chupa-cabras de veras existía.
Nunca pertenecí al grupo de “elegidas” que podían burlarse de todo mundo sin salir raspadas, pero me causaba cierta gracia que aquella población llena de polvo y vacía de niños guapos creyera en esa criatura inventada por el gobierno.
Mientras recitábamos
la Oda a los poetas populares pensaba en los juicios que harían de nosotras, luciendo nuestras
boinas soberbias, los guantes y un uniforme bien planchado. En aquel momento no podía dejar de
notar que algunos nos miraban como si fuésemos el ídolo viviente de una
procesión religiosa.
Suponía que nos veían
así porque nunca habían hablado con nosotras, no sabían lo mimadas,
discriminadoras, burlonas y poco tolerantes que éramos. ¿Cómo cuánto iban a
ganar esos polvosos de Charo cuando fueran grandes? –decían las populares. Y ni
guapos estaban como para hacer el sacrificio de casarse con ellos, ¿para qué
nos llevaban a convivir, a verlos? ¿Dónde estaban los del Valla? ¿Y los del
Motolinia o los de la Vasco? ¿Qué podíamos tener en común con esas nacas que sí tenían el prvilegio de tratar con hombres
en su día a día escolar? ¿cómo era que las monjas no se daban cuenta que hasta
podríamos pescar una infección o alguna enfermedad que hubiera en ese lugar?
Aquello, en la
versión del alumnado, casi era un atentado contra nosotras, ¡había sido
inaudito que la maestra de español nos hiciera prepararnos tanto para ir a un pueblo donde no había
más que estudiantes pecosos y mugrientos! Todos los que habían estado ahí
pertenecían a escuelas de gobierno, ¡de gobierno!
Creo que el enojo
de mis ex compañeras venía de ahí: de ese sentimiento de haber perdido el tiempo y haberse esforzado
para hacer algo que no las iba a acercar a un novio que “valiera la pena”, y
menos a los “futuros maridos”.
No sabía si me
daban más pena los niños impactados, las niñas celosas o mis compañeras
absurdamente altivas. Yo enada más staba ahí para no estar en la escuela, para no estar en
la capilla, para evadir mi soledad entre el tumulto y, no compartía la idea de que nuestra misión en el mundo fuera encontrar un buen partido de quien resultar embarazada.
A veces cuando paso
por Charo volviendo del trabajar pienso en esos días, en lo difícil que debió
haber sido la vida para muchos de aquellos muchachos con los que compartí
espacio algún día. Me pregunto cuántos ya estarán muertos, cuántos ya tendrán
trazada su vida, con cuántas faramallas los habrán engañado a través de sus
vidas, cuántas ex compañeras habrán encontrado a su príncipe y de qué color
será, si todas seguirán siendo intolerantes como las recuerdo, de qué se
mantendrán.
Pero lo más
importante, me pregunto cuántos de los que coincidimos en aquel encuentro de secundaria seguiremos
conservando en nuestras vidas el hilo que unió pueblo y poesía.
Wednesday, June 13, 2012
Alta resolución
Estaba de visita, ya había pasado por un centro comercial, un parque y cuando te encontré estabas en edificio que simulaba un lugar al estilo siglo XIX, dedicado a la cacería.
El salón principal estaba cubierto de madera, el espacio era grande y en él no había muebles, sólo algunas repisas con carne sobre la pared.
Te divisé en el salón adjunto -el de los candelabros dorados- estabas acostado en posición fetal, en un hueco dentro de la pared, te escondías de los visitantes al cobijo de un tapiz muy elegante.
A diferencia de los demás, pude verte desde dentro de la pared, de modo que se dibujaba tu posición fetal con la luz exterior y el tapiz quedaba del otro lado de donde yo te veía. Me imaginé que eras un bebé.
Levanté el tapiz, te saludé, te tendí la mano, salíste, te invité a quedarte en mi casa y respondiste: sí.
El salón principal estaba cubierto de madera, el espacio era grande y en él no había muebles, sólo algunas repisas con carne sobre la pared.
Te divisé en el salón adjunto -el de los candelabros dorados- estabas acostado en posición fetal, en un hueco dentro de la pared, te escondías de los visitantes al cobijo de un tapiz muy elegante.
A diferencia de los demás, pude verte desde dentro de la pared, de modo que se dibujaba tu posición fetal con la luz exterior y el tapiz quedaba del otro lado de donde yo te veía. Me imaginé que eras un bebé.
Levanté el tapiz, te saludé, te tendí la mano, salíste, te invité a quedarte en mi casa y respondiste: sí.
Antes de irnos, me acompañaste a tomar las mejores fotos de mi vida dentro del cuarto principal.
La segunda de ellas fue a un castillo que parecía de mármol, en cuyo fondo se vislumbraban un azul y verde intensos... los detalles del castillo eran esmeralda. Mi toma abarcaba una torre y una parte de la fachada del castillo.
La segunda de ellas fue a un castillo que parecía de mármol, en cuyo fondo se vislumbraban un azul y verde intensos... los detalles del castillo eran esmeralda. Mi toma abarcaba una torre y una parte de la fachada del castillo.
Sin reparar en la majestuosidad del edificio, los colores eran por sí mismos, una sinfonía de luz.
En la primer fotografía, tomé a un par de pumas que jugueteaban rebotando en las paredes de la habitación de madera, eso explicaba el asunto de las extrañas repisas.
En la primer fotografía, tomé a un par de pumas que jugueteaban rebotando en las paredes de la habitación de madera, eso explicaba el asunto de las extrañas repisas.
En fin, dado que la cámara de mi celular es lenta, ¡me dio mucho gusto saber que había calculado correctamente el tiempo para captar a los animales cuando estaban frente a mí, tras dar la vuelta! Sus caras se veían nítidas, pero alrededor se notaba la velocidad, el impulso tras el contacto con la pared. ¡Quién diría que las cámaras de celular tendrían resolución profesional!
Recuerdo mi piel erizada, más que por la naturaleza exhuberante, porque tú estabas ahí, para compartir aquel momento y aquella belleza conmigo.
Recuerdo mi piel erizada, más que por la naturaleza exhuberante, porque tú estabas ahí, para compartir aquel momento y aquella belleza conmigo.
Tuesday, March 20, 2012
Not anymore a seaman
How not to remember! I was the capstan, You were the hook.
I would never have recognized you, even on the threshold.
Then, softly, your love rapped me,
Penetratingly,
Gently,
I fell down
(and I brought You with me)
In an infinitely spiral of lingering love.
Saturday, January 14, 2012
Ruptura
Estar equivocado tiene tantas aristas que entre ellas, incluso cabe el no estarlo.
"Pinche vieja pendeja" me llamó su amiga y no me sentí ni ofendida, ni aludida. Podía entender su sentimiento, percibía la llameante furia asesina tecleando ese mensaje insondable a los ojos del dueño del teléfono.
Tenía mi costal atestado de culpas, de modo que aún si hubiera querido, no habría podido cargar ni una parte de las que la amiga trataba de imputarme.
Hubiera querido explicarle que los sentimientos no son una tira de pañuelos atados que uno pueda sacarse de la manga así nada más. Que uno no debe casarse con alguien por quien no daría su vida, con quien no le nace ser cariñoso y detallista, por el cual no se preocupa, a quien no conoce, con quien no se comunica.
Hubiera querido, en cambio, que ella me explicara las razones de que él me amara tantos años sin que yo lo supiera. Si no nos hablábamos y yo ni sabía que él existía, ¿qué había visto en mí? ¿por qué me quería?
Aunque sí pensaba en el sufrimiento que la amiga me describía y me preocupaban las repercusiones que la salud de él presentaría... ¡Ah! ¡conocía bien mis yerros! Y no podía permitirme lastimarlo más.
Yo hubiera seguido pensando que era así: apática e incapaz de amar; sin embargo, una relación anterior me había hecho entender que yo tenía muchos sentimientos esperando únicamente que la tecla adecuada fuera tocada, para entonces deleitar con una sinfonía.
No me quedaba duda de lo buen sujeto que era, ni de lo mucho que me quería; por lo mismo, no podía permitirle que acatara una relación como la que yo le ofrecía.
Estaba decidida a poner un níveo regazo al asunto, así que sí, debía decir que lo hacía por su bienestar, pero también por el mío. Pensaba en que no quería una existencia como la de Zulema: infelizmente esposada a un hombre a quien detestaba. Por que sí, la gente de Agua Santa podía ser muchas cosas, pero tenían razón en que el amor es como la luna: cuando no está creciendo, está menguando; y el mío por él estaba tan menguado que hacía mucho tiempo que ni yo sabía dónde había quedado.
"Pinche vieja pendeja" me llamó su amiga y no me sentí ni ofendida, ni aludida. Podía entender su sentimiento, percibía la llameante furia asesina tecleando ese mensaje insondable a los ojos del dueño del teléfono.
Tenía mi costal atestado de culpas, de modo que aún si hubiera querido, no habría podido cargar ni una parte de las que la amiga trataba de imputarme.
Hubiera querido explicarle que los sentimientos no son una tira de pañuelos atados que uno pueda sacarse de la manga así nada más. Que uno no debe casarse con alguien por quien no daría su vida, con quien no le nace ser cariñoso y detallista, por el cual no se preocupa, a quien no conoce, con quien no se comunica.
Hubiera querido, en cambio, que ella me explicara las razones de que él me amara tantos años sin que yo lo supiera. Si no nos hablábamos y yo ni sabía que él existía, ¿qué había visto en mí? ¿por qué me quería?
Aunque sí pensaba en el sufrimiento que la amiga me describía y me preocupaban las repercusiones que la salud de él presentaría... ¡Ah! ¡conocía bien mis yerros! Y no podía permitirme lastimarlo más.
Yo hubiera seguido pensando que era así: apática e incapaz de amar; sin embargo, una relación anterior me había hecho entender que yo tenía muchos sentimientos esperando únicamente que la tecla adecuada fuera tocada, para entonces deleitar con una sinfonía.
No me quedaba duda de lo buen sujeto que era, ni de lo mucho que me quería; por lo mismo, no podía permitirle que acatara una relación como la que yo le ofrecía.
Estaba decidida a poner un níveo regazo al asunto, así que sí, debía decir que lo hacía por su bienestar, pero también por el mío. Pensaba en que no quería una existencia como la de Zulema: infelizmente esposada a un hombre a quien detestaba. Por que sí, la gente de Agua Santa podía ser muchas cosas, pero tenían razón en que el amor es como la luna: cuando no está creciendo, está menguando; y el mío por él estaba tan menguado que hacía mucho tiempo que ni yo sabía dónde había quedado.
Wednesday, January 4, 2012
Solitaria enfermedad letal
Durante mi adolescencia, pasé tanto tiempo detestando sus valores, detalles y actitudes santurronas que, ahora con más años, me gustaría no ver nada de malicia en la gente del mundo; en cambio, hubiera querido darme cuenta de la normalidad de esos comportamientos en los pretendientes propios y ajenos, pero nunca se hacían presentes. Entonces pensaba que lo mejor habría sido que, en su momento, yo hubiera valorado ese bello conjunto que él era. No. Como dice la gente, "el hubiera" no existe.
Recuerdo algunas conversaciones... sí, a veces sólo por hacer plática yo le contaba algo, él respondía hablando de su vida, de lo mal que la había pasado en alguna circunstancia, en ocasiones me parecía que el tema estaba relacionado y, en otras, muy alejado de lo que yo le había contado. Pero lo escuchaba respetuosamente y trataba de hacerle ver lo positivo del asunto suyo, pues el mío quedaba olvidado.
Si hablara con aquel niño, me pregunto qué diría de la enfermedad que tengo ahora, ¿me contaría una historia de él o de alguien de su familia? ¿acaso escucharía la conjunción de palabras "crónico-degenerativo-irreversible"?
Me divertía mucho hacerlo enojar de vez en cuando, preguntar, conocerlo, hacerlo reflexionar sobre cualquier cosa: ideas, valores, tabúes o trivialidades. Siempre me pareció una farsa que dijera que no esperaba nada de nadie, pero entendía su enojo con la vida, con su padre, creía ver sentimientos mezclados dentro de sí mismo: un poco de instinto de supervivencia, rabia, candor, recelo, necesidad de cariño, fuerza, ternura, tenacidad, necesidad de sentirse útil, gentileza, belleza.
A veces, cuando pienso en mí en aquella época, puedo decir que yo hubiera pasado como un murciélago y cualquier tipo de afecto, habría sido como la luz: siempre huía en busca de "refugio". Él decía que yo así era, en ocasiones estaba y, en otras, me le escondía. Quizá era cierto lo último, quizá no, lo seguro es que yo sentía que él de todos modos, así como yo era, me quería.
Me sentía importante cuando le daba alguna idea que me parecía positiva para que él siguiera. Claro, siempre analizaba ésas ideas detalladamente antes de decírselas, pensaba en todos los beneficios que él podría obtener si él hacía lo que yo le sugería y, al mismo tiempo, enlistaba los perjuicios, tratando de que en el balance la idea valiera ser realizada.
Quizá alardeo, sólo recuerdo claramente dos ideas: que montara su propio negocio y que se pusiera a correr. En la primera le mostré un proyecto de un sujeto que conozco, que hiciera algo de ese estilo, pero mejor. Sólo digo que llegué a sentirme importante, y también sé que ninguna de las dos ideas habría sido nada de no ser por sus ganas de ser mejor y su empeño constante.
Pero crecimos, o quizá sólo él creció, tal vez yo siempre fui "grande". Y llegó el día en el que me di cuenta cuánto lo amaba y el lugar tan importante que ocupaba en mi vida. Y descubrí la ausencia del chiquillo rollizo de mejillas rosadas, de mirada triste, de sonrisa quebrada, y me di cuenta que estaba ante quien él había soñado ser y le perdí la pista, el chiquillo era como la palma de mi mano, ya nunca volví a reconocerlo.
Recuerdo algunas conversaciones... sí, a veces sólo por hacer plática yo le contaba algo, él respondía hablando de su vida, de lo mal que la había pasado en alguna circunstancia, en ocasiones me parecía que el tema estaba relacionado y, en otras, muy alejado de lo que yo le había contado. Pero lo escuchaba respetuosamente y trataba de hacerle ver lo positivo del asunto suyo, pues el mío quedaba olvidado.
Si hablara con aquel niño, me pregunto qué diría de la enfermedad que tengo ahora, ¿me contaría una historia de él o de alguien de su familia? ¿acaso escucharía la conjunción de palabras "crónico-degenerativo-irreversible"?
Me divertía mucho hacerlo enojar de vez en cuando, preguntar, conocerlo, hacerlo reflexionar sobre cualquier cosa: ideas, valores, tabúes o trivialidades. Siempre me pareció una farsa que dijera que no esperaba nada de nadie, pero entendía su enojo con la vida, con su padre, creía ver sentimientos mezclados dentro de sí mismo: un poco de instinto de supervivencia, rabia, candor, recelo, necesidad de cariño, fuerza, ternura, tenacidad, necesidad de sentirse útil, gentileza, belleza.
A veces, cuando pienso en mí en aquella época, puedo decir que yo hubiera pasado como un murciélago y cualquier tipo de afecto, habría sido como la luz: siempre huía en busca de "refugio". Él decía que yo así era, en ocasiones estaba y, en otras, me le escondía. Quizá era cierto lo último, quizá no, lo seguro es que yo sentía que él de todos modos, así como yo era, me quería.
Me sentía importante cuando le daba alguna idea que me parecía positiva para que él siguiera. Claro, siempre analizaba ésas ideas detalladamente antes de decírselas, pensaba en todos los beneficios que él podría obtener si él hacía lo que yo le sugería y, al mismo tiempo, enlistaba los perjuicios, tratando de que en el balance la idea valiera ser realizada.
Quizá alardeo, sólo recuerdo claramente dos ideas: que montara su propio negocio y que se pusiera a correr. En la primera le mostré un proyecto de un sujeto que conozco, que hiciera algo de ese estilo, pero mejor. Sólo digo que llegué a sentirme importante, y también sé que ninguna de las dos ideas habría sido nada de no ser por sus ganas de ser mejor y su empeño constante.
Pero crecimos, o quizá sólo él creció, tal vez yo siempre fui "grande". Y llegó el día en el que me di cuenta cuánto lo amaba y el lugar tan importante que ocupaba en mi vida. Y descubrí la ausencia del chiquillo rollizo de mejillas rosadas, de mirada triste, de sonrisa quebrada, y me di cuenta que estaba ante quien él había soñado ser y le perdí la pista, el chiquillo era como la palma de mi mano, ya nunca volví a reconocerlo.
Subscribe to:
Comments (Atom)



