Estar equivocado tiene tantas aristas que entre ellas, incluso cabe el no estarlo.
"Pinche vieja pendeja" me llamó su amiga y no me sentí ni ofendida, ni aludida. Podía entender su sentimiento, percibía la llameante furia asesina tecleando ese mensaje insondable a los ojos del dueño del teléfono.
Tenía mi costal atestado de culpas, de modo que aún si hubiera querido, no habría podido cargar ni una parte de las que la amiga trataba de imputarme.
Hubiera querido explicarle que los sentimientos no son una tira de pañuelos atados que uno pueda sacarse de la manga así nada más. Que uno no debe casarse con alguien por quien no daría su vida, con quien no le nace ser cariñoso y detallista, por el cual no se preocupa, a quien no conoce, con quien no se comunica.
Hubiera querido, en cambio, que ella me explicara las razones de que él me amara tantos años sin que yo lo supiera. Si no nos hablábamos y yo ni sabía que él existía, ¿qué había visto en mí? ¿por qué me quería?
Aunque sí pensaba en el sufrimiento que la amiga me describía y me preocupaban las repercusiones que la salud de él presentaría... ¡Ah! ¡conocía bien mis yerros! Y no podía permitirme lastimarlo más.
Yo hubiera seguido pensando que era así: apática e incapaz de amar; sin embargo, una relación anterior me había hecho entender que yo tenía muchos sentimientos esperando únicamente que la tecla adecuada fuera tocada, para entonces deleitar con una sinfonía.
No me quedaba duda de lo buen sujeto que era, ni de lo mucho que me quería; por lo mismo, no podía permitirle que acatara una relación como la que yo le ofrecía.
Estaba decidida a poner un níveo regazo al asunto, así que sí, debía decir que lo hacía por su bienestar, pero también por el mío. Pensaba en que no quería una existencia como la de Zulema: infelizmente esposada a un hombre a quien detestaba. Por que sí, la gente de Agua Santa podía ser muchas cosas, pero tenían razón en que el amor es como la luna: cuando no está creciendo, está menguando; y el mío por él estaba tan menguado que hacía mucho tiempo que ni yo sabía dónde había quedado.
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