Wednesday, January 4, 2012

Solitaria enfermedad letal

Durante mi adolescencia, pasé tanto tiempo detestando sus valores, detalles y actitudes santurronas que, ahora con más años, me gustaría no ver nada de malicia en la gente del mundo; en cambio, hubiera querido darme cuenta de la normalidad de esos comportamientos en los pretendientes propios y ajenos, pero nunca se hacían presentes. Entonces pensaba que lo mejor habría sido que, en su momento, yo hubiera valorado ese bello conjunto que él era. No. Como dice la gente, "el hubiera" no existe.

Recuerdo algunas conversaciones... sí, a veces sólo por hacer plática yo le contaba algo, él respondía hablando de su vida, de lo mal que la había pasado en alguna circunstancia, en ocasiones me parecía que el tema estaba relacionado y, en otras, muy alejado de lo que yo le había contado. Pero lo escuchaba respetuosamente y trataba de hacerle ver lo positivo del asunto suyo, pues el mío quedaba olvidado.
Si hablara con aquel niño, me pregunto qué diría de la enfermedad que tengo ahora, ¿me contaría una historia de él o de alguien de su familia? ¿acaso escucharía la conjunción de palabras "crónico-degenerativo-irreversible"?

Me divertía mucho hacerlo enojar de vez en cuando, preguntar, conocerlo, hacerlo reflexionar sobre cualquier cosa: ideas, valores, tabúes o trivialidades. Siempre me pareció una farsa que dijera que no esperaba nada de nadie, pero entendía su enojo con la vida, con su padre, creía ver sentimientos mezclados dentro de sí mismo: un poco de instinto de supervivencia, rabia, candor, recelo, necesidad de cariño, fuerza, ternura, tenacidad, necesidad de sentirse útil, gentileza, belleza.

A veces, cuando pienso en mí en aquella época, puedo decir que yo hubiera pasado como un murciélago y cualquier tipo de afecto, habría sido como la luz: siempre huía en busca de "refugio". Él decía que yo así era, en ocasiones estaba y, en otras, me le escondía. Quizá era cierto lo último, quizá no, lo seguro es que yo sentía que él de todos modos, así como yo era, me quería.

Me sentía importante cuando le daba alguna idea que me parecía positiva para que él siguiera. Claro, siempre analizaba ésas ideas detalladamente antes de decírselas, pensaba en todos los beneficios que él podría obtener si él hacía lo que yo le sugería y, al mismo tiempo, enlistaba los perjuicios, tratando de que en el balance la idea valiera ser realizada.
Quizá alardeo, sólo recuerdo claramente dos ideas: que montara su propio negocio y que se pusiera a correr. En la primera le mostré un proyecto de un sujeto que conozco, que hiciera algo de ese estilo, pero mejor. Sólo digo que llegué a sentirme importante, y también sé que ninguna de las dos ideas habría sido nada de no ser por sus ganas de ser mejor y su empeño constante.

Pero crecimos, o quizá sólo él creció, tal vez yo siempre fui "grande". Y llegó el día en el que me di cuenta cuánto lo amaba y el lugar tan importante que ocupaba en mi vida. Y descubrí la ausencia del chiquillo rollizo de mejillas rosadas, de mirada triste, de sonrisa quebrada, y me di cuenta que estaba ante quien él había soñado ser y le perdí la pista, el chiquillo era como la palma de mi mano, ya nunca volví a reconocerlo.

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