Sé que después de esa secuencia de palabras huirás... Y sabré que no buscarás escabullirte de mí, sino de mis porfiadas palabras acechándote estratégicamente... tranquilamente... educadamente... Y detestarás mis preguntas que calificarás como hostigantes, y querrás dar respuestas fútiles y por cada una de ellas, pertinazmente recibirás un jaque; hasta que no haya más remedio que llegar al mate.
Entonces, dirás que no entiendo tus movimientos.
Y,
por supuesto,
nadie ganará la partida,
pero por alguna razón no dicha y bien conocida,
tardarás un buen tiempo
en querer volver
a jugar.
.
.
.
.
.
.