El sol destacaba el terso pelaje del elegante conejo de peluche recién recibido. La rosa roja aún no había sido tocada por él, pero sus colores la hacían parecer que estaba aún en la tierra, junto a sus flores queridas.
Esos regalos eran los mismos que me habían hecho sentir culpable, por que no había motivo destacable para que yo los recibiera y, me hacía sentir que se enfatizaba lo simple y pobre del regalo que yo entregaba.
El mío había sido con prisa, no con amor. La mañana en la cual intercambiamos regalos en la plaza, yo ya no sentía presente aquella vitalidad del regreso.
Días después, recordé que años antes en la misma plaza, el jóven de los ojos color miel me había regalado un conejo blanco que llevaba un corazón al frente y se acompañaba de una rosa roja artificial.
Ese corazón de juguete me recordaba aquellos momentos en los que me recargaba en el pecho del jóven atlético de los ojos color miel; lo especial, sin embargo, no era tanto que me recargara, como que pudiera escuchar y sentir su corazón vibrante, acelerado, descarrilándose debido a mi cercanía -según decía él-.
Pensaba que aquel asunto de la vida no podía ser más que el inminente cierre de un ciclo que se había abierto cuando el hermoso joven atlético de los ojos color miel había aceptado ser el novio de una sujeta que estaba en la misma clase que yo.
"¿Estás llorando?" -preguntó la última vez que lo dejé tenerme en sus brazos.
No. Lloré tanto como las tormentas de arena pueden llorar en el desierto.
Aquel amor inocente, idílico, perseverantemente paciente había sido tronchado y mi corazón, con él, se escindía convirtiéndose en polvo y se fugaba, y no me quedó más remedio que fragmentarme para seguir cada uno de los pedazos, y traerlos de regreso, y juntarlos.
De pronto, sentí que aquella recepción representaba el triunfo de haber reunido todos los pedazos de nuevo.
El elegante conejo me había convertido en niña con juguete nuevo: paséandolo por la ciudad con su cinturón de seguridad puesto, haciéndole mimos mientras nadie miraba, reservándole un lugar especial en la cama.
Al día siguiente me pregunté si volver había sido una idea sensata. Al elegante conejo lo acababa de conocer y ya lo amaba.