Wednesday, December 26, 2012

Imagino la dicha de ser padre

Imagino la dicha de ser padre. Quisiera alegrarme plenamente, pero sólo pienso en mí.

Recuerdo tus palabras diciendo que soy yo tu razón de querer ser mejor. Sonrío, no lo soy.

Que me amas. Sonrío, no es verdad.

Que me extrañas. Sonrío, estás donde quieres estar.

Percibo el latido traslúcido del día en el que compartas tu vida conmigo; entonces, se me rompe el alma y el corazón.

Wednesday, December 19, 2012

Encuentro

Tuvimos una aproximación suave, plumífera, cálida.
Mi pecho se posó sobre su torso.
Mi blusa hizo contacto con la camisa de su equipo deportivo favorito, sentí la textura algodonada, la pasión y la inocencia fundidas en sus colores.

Mis manos tocaron su media espalda, mis yemas se deslizaron delicadamente hacia su área lumbar.
Al instante, sus rojos labios abanicaron una amplia sonrisa dibujando un destello celestial en sus negros y profundos ojos. Mi cara hizo espejo a la suya.

Sus manos subieron a mis hombros, bajaron acariciando mis brazos, llegaron a la cintura hasta el punto en el que nuestros ombligos se quedaron cerca uno del otro y la punta de mi nariz buscó a su homóloga.

Sentí cómo mis párpados se entrecerraron aborregadamente mientras lo miraba y todo se volvía un espiral de adrenalina y amor.
No quise más que ser feliz.

Sunday, December 16, 2012

El centro del universo

Río al recordar el tiempo en el cual me creía el centro del universo.

A veces, cuando mi hija me habla de su vida siento que estoy escuchando a la adolescente que fui hace unos años.

Creo que, apenas ahora que soy madre entiendo el sentido profundo del dicho: "más sabe el diablo por viejo, que por diablo". Es la experiencia propia, no mi parentezco con ella lo que me permite dibujar en mi mente una idea de lo que experimenta.

Escucharla me da la oportunidad de reconocer que fui la encarnación de la teoría de Ptolomeo, ¿Qué edad tenía cuando el más guapo no me quitaba los ojos de encima en cualquier lugar al que iba?
Sin importar cómo se llamase el chico en turno, el epiciclo se repetía: él nunca me invitaba a bailar, ni a salir, ni pedía mi número; y aún así, en mi cabeza estaba la certeza constante de que yo le gustaba.

Durante nuestras conversaciones quisiera hablarle de mí, de mi adolescencia, que se diera cuenta de las implicaciones de la geocentricidad.

Contarle que sin ser plenamente consciente, un día de pronto descubrí que cuerpo y carácter hacían las veces de masa gravitacional de una persona. Y bueno, la interacción entre las masas gravitacionales podía tener como resultado algo newtonianamente llamado atracción. Que, en nuestra cultura deriva en la conformación de una pareja.

Algo que recuerdo, aunque no sé si se lo diría es que, en su momento, me imaginaba a las parejas generando energía cinética. Que ésta podría entenderse como la fuerza responsable de impulsarlos tanto a seguir en la vida, como a permanecer con esa pareja; paralelamente, influía la acelaración que llevara ese movimiento en conjunto, es decir, la felicidad, el bienestar que cada cual sentía.

En pocos años, noté que algunos casados no llevaban una trayectoria circular de pareja, como yo imaginaba. El asunto se parecía a las órbitas elípticas, y a veces estaban más lejos de allá y más cerca de aquí. Pero órbitas al fin -le aclararía a mi hija-, nada de entrecruzamientos.

Quizá, mi conversación con ella llegaría hasta ahí. Aún no me siento capacitada para hablarle de Hubble. Claro, me encantaría ejemplificarle las múltiples galaxias por las cuales se puede navegar, y enfatizar que al final, sólo una de ellas es casa.
Presentarle la sintonía y la dependencia de unos sistemas de vida respecto a otros.

Lo que no sé es cómo haría para hablarle de ello, sin pensar en las pláticas que he tenido con primas, primos, sobrinas, conocidos y amistades que se han hecho pareja, o se han enamorado de alguien que pertence a un sistema solar de un campo semántico socialmente no aceptable.

Hago un alto y me pregunto, ¿Hasta dónde podría explicar todo eso a mi hija sin llenar de juicios su cabeza?
Muchas veces lo he pensando, y aún creo que no decírselo -como me gustaría- es lo mejor que puedo hacer por ella.

Pensando que yo fui el centro del universo, ¿habría querido aprender de palabras de otras personas? ¿por qué, entonces, pienso que mi hija lo haría?
¿por qué sería válido pensar que tengo autoridad para hablar de eso con ella? ¿o asegurarme que lo que pienso es lo correcto?

Ella es maravillosa, así tal cual es. Estoy segura que un día entenderá mis pensamientos de hoy y, sea que los acepte o los rechace, yo tendré la certeza de estar contenta debido a que ella, ahora, comparte conmigo sus vivencias adolescentes.

Friday, December 14, 2012

Vajilla de reyes para la reina

Estoy segura de que el cielo debió haberse visto gris. Yo lo recuerdo en color sepia.
Lo miraba absortamente, pensaba en los tonos diferentes que había de una nube a otra, en la cercanía entre ellas, en la suavidad de su cobijo, en la felicidad de que al cubrir a una persona, sus sueños se volvieran realidad. Imaginaba que, si una de ellas me abrazara percibiría un olor dulce.

Una gota de miel cayó sobre mi frente y, tras ella, un ejército. Bajé del cerro, sonriendo, corriendo, buscando a las demás: ¡había tormenta!

Conforme me acerqué al pueblo, encontré niños que, igual que yo, iban por las calles siguiendo al naciente riachuelo. Mientras más me acercaba al centro del pueblo, más niños encontraba.

Llegó el momento en el que todas mis amigas y yo íbamos juntas. En las marcas de las paredes de las casas, yo podía notar cómo el cuerpo de agua iba creciendo.

Mis pies también lo notaban, pero éstos se limitaban a transportarnos por aquel viaje de ensueño, en el cual los listones de nuestras trenzas coloreaban los sentimientos que los niños conducíamos por las calles.

Hacia el final del camino, ya llevábamos las nagüas alzadas, pero igual que los otros niños, nos mojábamos, enlodábamos, bailábamos como los adultos; aunque claro, a diferencia de ellos, nosotros interpretábamos la música de las bandas con la boca y las manos. Quien nos hubiera visto, habría pensado que miraba un cuadro.

Mis amigas dijeron que pronto dejaría de llover, que debíamos volver. Todas sabíamos lo que eso significaba, así que nos sonreímos unas a otras y subimos prácticamente corriendo. Llegamos a mi casa, entre dos me subieron y alcancé a empujar una de las puertas pequeñas de la ventana de madera amarilla. Me acomodé, alcancé el seguro, lo destrabé y entonces, las pude abrir de par en par. Todas entramos por ahí.

Nos instalamos cerca de lo que llamábamos la granja. Tomamos un poco de tierra mojada y cada una se puso manos a la obra. Yo me senté como había visto tantas veces a mi mamá frente al fogón. Tomé un poco de mezcla como si la estuviera sacando del metate. Empecé a tortear hasta darle detalles a un pequeño plato, después a otro; luego, a las tazas y a los vasos.

En poco tiempo cada una tenía arreglada su propia cocina. Jugábamos a visitarnos. En cada ocasión estrenábamos la vajilla de la amiga recién casada. Ella nos ofrecía comida, bebida y nosotras le preguntábamos para cuando tendría su primer bebé. La comadrita en turno respondía cualquier cosa. Todas reíamos pícaramente.

Poco a poco, caía la tarde y las comadritas dejaban de visitarse, y volvían a su forma de niñas y regresaban a sus casas.

Regularmente, cuando se iban, yo me bañaba y después me dormía. Ése día, sin embargo, saliendo de bañarme, mi papá me llamó.

Pensé que mamá por fin había logrado que me regañaran por regresar con las nagüas enlodadas, por no ayudar en la casa en día de lluvia, por entrar a hurtadillas e irme a dormir sin cenar.
Llegué a la cocina casi llorando, pensando en los azotes que me esperaban, en las palabras hirientes que tantas veces había escuchado en boca de adultos...

Mi padre sonreía tan ampliamente, que ni cuenta se ha de haber dado de la húmedad en mi cara. Hoy las ventas estuvieron bien. Me dijo. Alcanzó para traerte una sorpresa.
¿Una sorpresa? ¿Qué será? Pensé
Abrí mis ojos desorbitadamente, sin poder articular palabra.

Mi papá sonrió y su cuerpo desbocado hacía pensar que sería él quien recibiría la sorpresa. Podía ver cómo sus ojos de obsidiana se iluminaban bajo el gastado sombrero de palma.
Tenía las manos atrás de la espalda. Finalmente dijo ¡mira! Y las trajo al frente.

Imaginé que una flecha de felicidad había dado en el centro de mi corazón, podía sentir cómo pequeños rayos rosas se expandían rápidamente por todo mi cuerpo, cómo aquella sensación lo llenaba de vida, visibilizando músculos que ni siquiera sabía que tenía. Mi cuerpo se había convertido en una lámpara de felicidad. Mi boca sonreía torpe, lenta, increíblemente.

Pensé que, finalmente, no me pondría triste por la efimeridad de la vajilla con la cual había jugado por la tarde. Ésta, a la mañana siguiente se desmoronaría igual que las anteriores. Pero ésta, ésta, la que papá había traído, sería mucho más duradera. Aquella vajilla color sepia llegó a ser mi compañera de muchas tardes, de importantes visitas a las comadritas o a otros grandes personajes.

Recuerdo haberla estrechado entre mis brazos esa noche, mientras mis pies danzaban en círculos y yo sonreía para mi gran tesoro, para aquella pequeña vajilla que colgaba de un listón.

Dicen por allá quesque hoy es día de reyes y que los niños deben recibir regalos. Me dijo. Y pues yo te...
Y lo interrumpí, y lo abracé fuertemente, y le llené de besos la cara y se me salieron otras lágrimas -no las que ya había preparado-. Gracias papito, gracias. Fue todo lo que pude decir.

Thursday, December 13, 2012

Consulta pre navideña

En la consulta de hoy debí decirle al doctor que necesitaba terapia neural. Que me sentía peleada con alguien importante en mi vida, que estaba teniendo reacciones exageradas hacia el hombre que amo y estaba harta de la comida.

Pensé en las agujas alrededor de mi cara, en la resistencia de mis músculos, sintiendo sobre mis poros el despertar de una gota rojiza, mayúscula por un momento, para luego ser cobijada con una suave tela de algodón. Pensé en cómo el piquete de la tiroides me hacía dibujar en mi mente una soga apretada sobre mi cuello, esparciéndome un dolor profundo de derecha a izquierda, un mareo intenso: la adrenalina fundiéndose con el dolor. Sólo comenté el asunto de la comida.

El hastío de comer lo mismo por tres semanas era compresible, incluso normal. No hubo terapia neural.

El resto de la jornada clínica continuó igual que las otras: unos cuantos estímulos a las partes de mi cuerpo que están enfermas. Me di cuenta que el dolor es más intenso, pero lo encuentro menos dramático que en la cara.

Me esmeré por tener una conversación amena con el doctor, no sólo porque es quien me está ayudando a sanar, sino porque el sujeto me resulta simpático e interesante. Noté que procuraba alargar mi conversación con él, como si en ese momento hubiera sabido lo que seguiría en el día. Hablábamos de Tzintzincha y de los antepasados purépecha, de las batallas y los triunfos. No había lugar para pensar que mi pago no había estado listo.

Además, pregunté cosas tontas relacionadas con los alimentos, hice pausas largas, me aproveché un poco de que no hubiera más pacientes esperando afuera. Era como si en ese momento pudiera haberme aferrado al lugar y al tiempo, y no tener que llegar a la tarde, a ese convivio al cual no quería asistir. O al segundo. Lo único que quería era quedarme en la consulta, con el doctor, y esperar a que fuera de noche, hablar con mi amor, verle reír, escucharlo respirar, sentir su presencia en mi vida e irme a soñar.

Cuando el doctor preguntó si había comido algo que no debía, procuré hacer una lista minuciosa, detallada. Quizá habría sido bueno añadir lo que comería en la tarde, o en la noche, pero no me di cuenta de lo asustada que estaba. No me daba cuenta que el resto del día me sentiría simultáneamente contenta, con ganas de llorar y con ganas de dormir.
Ojalá le hubiera preguntado al doctor, ¿por qué me sentía así? ¿Por qué, de pronto, tenía esa suicida sensación de volver a la adolescencia, a la pubertad? A no saber qué ni por qué, ni medir los riesgos adecuadamente.

Cuando terminé de decir lo que había comido y no debía, habría sido conveniente comentar con el doctor que me estaba cansando de llorar antes de dormir, que hasta se me estaban formando ojeras, que mi dolor era profundo e inusual.
Pero él, el doctor, me despidió con un cálido abrazo, sus mejores deseos y un beso en la mejilla.