Tuvimos una aproximación suave, plumífera, cálida.
Mi pecho se posó sobre su torso.
Mi blusa hizo contacto con la camisa de su equipo deportivo favorito, sentí la textura algodonada, la pasión y la inocencia fundidas en sus colores.
Mis manos tocaron su media espalda, mis yemas se deslizaron delicadamente hacia su área lumbar.
Al instante, sus rojos labios abanicaron una amplia sonrisa dibujando un destello celestial en sus negros y profundos ojos. Mi cara hizo espejo a la suya.
Sus manos subieron a mis hombros, bajaron acariciando mis brazos, llegaron a la cintura hasta el punto en el que nuestros ombligos se quedaron cerca uno del otro y la punta de mi nariz buscó a su homóloga.
Sentí cómo mis párpados se entrecerraron aborregadamente mientras lo miraba y todo se volvía un espiral de adrenalina y amor.
No quise más que ser feliz.
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