Monday, June 18, 2012

Pueblo y poesía


El eterno
hilo en que se juntaron
pueblo
y
poesía,
nunca
se cortó


Pablo Neruda

La Secundaria es la época que más detesto de mi vida: recuerdo bien a mis compañeras, maestras, algunas monjas y la consigna de no tener contacto con muchachos.

Recuerdo cómo nos subíamos a una pequeña barda del patio a escuchar una canción de Fey y mover un brazo a ritmo de su coreografía. Lo recuerdo, sí, pero prefería las compañías que me decían que Zedillo era un títere de Salinas, las mismas de cuyas pláticas no lograba entender si Tinoco Rubí -el gobernador- era gay, adicto o borracho. A mí me parecía un político como cualquier otro. Si hubiera tenido que marcar alguna diferencia entre él y los demás, habría dicho que él era jefe de mi hermana y, que me gustaba que hubiera quitado a los ambulantes del centro de la ciudad.

Los periódicos hablaban de inseguridad en las calles y, a mí me preocupaba más la pérdida de ceros que habían sufrido los billetes y el cambio de nomenclatura que estábamos obligados a marcar. Recuerdo a mis presumidas compañeras hablando de cómo en sus vacaciones durante el sexenio anterior habían podido comprar souvenirs por tres pesos cada uno. Yo no conocía Disneylandia, pero extrañaba el peso de las monedas en el bolsillo, el grosor, mucho olor a metal y aquella revitalizante sensación de triunfo y de riqueza al tener en mi poder una Sor Juana.
Antes de esa época, yo ya sabía que la medida de las cosas era diferente para cada quien. Recuerdo la vez que nos llevaron a un encuentro de zona escolar, o eso dijeron, tengo la certeza de no haber encontrado la lógica de la división de la zona, porque mi escuela estaba en el centro de la ciudad y esa otra -a la que fuimos- era en Charo, un municipio vecino.

No podría identificar memorias de haber estado dentro de una escuela rural antes de aquella vez, pero estoy segura que no hice las caras que vi en mis compañeras. En lo que coincidía con ellas era en que, el viaje para llegar al encuentro había estado larguísimo y en que las monjas se habían visto codas en lo que al transporte se refería. De ese viaje dos asuntos resultaron inolvidables para nosotras: uno involucraba a una compañera, quien según la versión de las demás parecía haber perdido un poco de su dignidad hablando con uno de los niños nativos; sin embargo, eso se atenuaba un poco con el gran descubrimiento de que esos pobres lugareños creían que el chupa-cabras de veras existía.

Nunca pertenecí al grupo de “elegidas” que podían burlarse de todo mundo sin salir raspadas, pero me causaba cierta gracia que aquella población llena de polvo y vacía de niños guapos creyera en esa criatura inventada por el gobierno.

Mientras recitábamos la Oda a los poetas populares pensaba en los juicios que harían de nosotras, luciendo nuestras boinas soberbias, los guantes y un uniforme bien planchado. En aquel momento no podía dejar de notar que algunos nos miraban como si fuésemos el ídolo viviente de una procesión religiosa.

Suponía que nos veían así porque nunca habían hablado con nosotras, no sabían lo mimadas, discriminadoras, burlonas y poco tolerantes que éramos. ¿Cómo cuánto iban a ganar esos polvosos de Charo cuando fueran grandes? –decían las populares. Y ni guapos estaban como para hacer el sacrificio de casarse con ellos, ¿para qué nos llevaban a convivir, a verlos? ¿Dónde estaban los del Valla? ¿Y los del Motolinia o los de la Vasco? ¿Qué podíamos tener en común con esas nacas que sí tenían el prvilegio de tratar con hombres en su día a día escolar? ¿cómo era que las monjas no se daban cuenta que hasta podríamos pescar una infección o alguna enfermedad que hubiera en ese lugar?

Aquello, en la versión del alumnado, casi era un atentado contra nosotras, ¡había sido inaudito que la maestra de español nos hiciera prepararnos tanto para ir a un pueblo donde no había más que estudiantes pecosos y mugrientos! Todos los que habían estado ahí pertenecían a escuelas de gobierno, ¡de gobierno!

Creo que el enojo de mis ex compañeras venía de ahí: de ese sentimiento de haber perdido el tiempo y haberse esforzado para hacer algo que no las iba a acercar a un novio que “valiera la pena”, y menos a los “futuros maridos”.

No sabía si me daban más pena los niños impactados, las niñas celosas o mis compañeras absurdamente altivas. Yo enada más staba ahí para no estar en la escuela, para no estar en la capilla, para evadir mi soledad entre el tumulto y, no compartía la idea de que nuestra misión en el mundo fuera encontrar un buen partido de quien resultar embarazada. 

A veces cuando paso por Charo volviendo del trabajar pienso en esos días, en lo difícil que debió haber sido la vida para muchos de aquellos muchachos con los que compartí espacio algún día. Me pregunto cuántos ya estarán muertos, cuántos ya tendrán trazada su vida, con cuántas faramallas los habrán engañado a través de sus vidas, cuántas ex compañeras habrán encontrado a su príncipe y de qué color será, si todas seguirán siendo intolerantes como las recuerdo, de qué se mantendrán.

Pero lo más importante, me pregunto cuántos de los que coincidimos en aquel encuentro de secundaria seguiremos conservando en nuestras vidas el hilo que unió pueblo y poesía.

Wednesday, June 13, 2012

Alta resolución

Estaba de visita, ya había pasado por un centro comercial, un parque y cuando te encontré estabas en edificio que simulaba un lugar al estilo siglo XIX, dedicado a la cacería.
El salón principal estaba cubierto de madera, el espacio era grande y en él no había muebles, sólo algunas repisas con carne sobre la pared.

Te divisé en el salón adjunto -el de los candelabros dorados- estabas acostado en posición fetal, en un hueco dentro de la pared, te escondías de los visitantes al cobijo de un tapiz muy elegante.
A diferencia de los demás, pude verte desde dentro de la pared, de modo que se dibujaba tu posición fetal con la luz exterior y el tapiz quedaba del otro lado de donde yo te veía. Me imaginé que eras un bebé.
Levanté el tapiz, te saludé, te tendí la mano, salíste, te invité a quedarte en mi casa y respondiste: sí.

Antes de irnos, me acompañaste a tomar las mejores fotos de mi vida dentro del cuarto principal.

La segunda de ellas fue a un castillo que parecía de mármol, en cuyo fondo se vislumbraban un azul y verde intensos... los detalles del castillo eran esmeralda. Mi toma abarcaba una torre y una parte de la fachada del castillo.
Sin reparar en la majestuosidad del edificio, los colores eran por sí mismos, una sinfonía de luz.

En la primer fotografía, tomé a un par de pumas que jugueteaban rebotando en las paredes de la habitación de madera, eso explicaba el asunto de las extrañas repisas.
En fin, dado que la cámara de mi celular es lenta, ¡me dio mucho gusto saber que había calculado correctamente el tiempo para captar a los animales cuando estaban frente a mí, tras dar la vuelta! Sus caras se veían nítidas, pero alrededor se notaba la velocidad, el impulso tras el contacto con la pared. ¡Quién diría que las cámaras de celular tendrían resolución profesional!

Recuerdo mi piel erizada, más que por la naturaleza exhuberante, porque tú estabas ahí, para compartir aquel momento y aquella belleza conmigo.