El eterno
hilo en que se juntaron
pueblo
y
poesía,
nunca
se cortó
hilo en que se juntaron
pueblo
y
poesía,
nunca
se cortó
Pablo Neruda
La Secundaria es la
época que más detesto de mi vida: recuerdo bien a mis compañeras, maestras,
algunas monjas y la consigna de no tener contacto con muchachos.
Recuerdo cómo nos
subíamos a una pequeña barda del patio a escuchar una canción de Fey y mover un
brazo a ritmo de su coreografía. Lo recuerdo, sí, pero prefería las compañías
que me decían que Zedillo era un títere de Salinas, las mismas de cuyas
pláticas no lograba entender si Tinoco Rubí -el gobernador- era gay, adicto o
borracho. A mí me parecía un político como cualquier otro. Si hubiera tenido
que marcar alguna diferencia entre él y los demás, habría dicho que él era jefe
de mi hermana y, que me gustaba que hubiera quitado a los ambulantes del centro
de la ciudad.
Los periódicos
hablaban de inseguridad en las calles y, a mí me preocupaba más la pérdida de
ceros que habían sufrido los billetes y el cambio de nomenclatura que estábamos
obligados a marcar. Recuerdo a mis presumidas compañeras hablando de cómo en
sus vacaciones durante el sexenio anterior habían podido comprar souvenirs por tres pesos cada uno. Yo no
conocía Disneylandia, pero extrañaba el peso de las monedas en el bolsillo, el
grosor, mucho olor a metal y aquella revitalizante sensación de triunfo y de riqueza
al tener en mi poder una Sor Juana.
Antes de esa época, yo ya sabía que la medida de las cosas era diferente para cada quien. Recuerdo la vez que nos llevaron
a un encuentro de zona escolar, o eso dijeron, tengo la certeza de no haber encontrado la lógica de la división de la zona, porque mi escuela estaba en el centro
de la ciudad y esa otra -a la que fuimos- era en Charo, un municipio vecino.
No podría identificar memorias de haber estado dentro de una escuela rural antes de aquella vez, pero estoy segura que no hice
las caras que vi en mis compañeras. En lo que coincidía con ellas era en que, el
viaje para llegar al encuentro había estado larguísimo y en que las monjas se
habían visto codas en lo que al transporte se refería. De ese viaje dos asuntos
resultaron inolvidables para nosotras: uno involucraba a una compañera, quien según la versión de las demás parecía
haber perdido un poco de su dignidad hablando con uno de los niños nativos; sin embargo, eso se atenuaba un poco con el gran descubrimiento de que
esos pobres lugareños creían que el chupa-cabras de veras existía.
Nunca pertenecí al grupo de “elegidas” que podían burlarse de todo mundo sin salir raspadas, pero me causaba cierta gracia que aquella población llena de polvo y vacía de niños guapos creyera en esa criatura inventada por el gobierno.
Mientras recitábamos
la Oda a los poetas populares pensaba en los juicios que harían de nosotras, luciendo nuestras
boinas soberbias, los guantes y un uniforme bien planchado. En aquel momento no podía dejar de
notar que algunos nos miraban como si fuésemos el ídolo viviente de una
procesión religiosa.
Suponía que nos veían
así porque nunca habían hablado con nosotras, no sabían lo mimadas,
discriminadoras, burlonas y poco tolerantes que éramos. ¿Cómo cuánto iban a
ganar esos polvosos de Charo cuando fueran grandes? –decían las populares. Y ni
guapos estaban como para hacer el sacrificio de casarse con ellos, ¿para qué
nos llevaban a convivir, a verlos? ¿Dónde estaban los del Valla? ¿Y los del
Motolinia o los de la Vasco? ¿Qué podíamos tener en común con esas nacas que sí tenían el prvilegio de tratar con hombres
en su día a día escolar? ¿cómo era que las monjas no se daban cuenta que hasta
podríamos pescar una infección o alguna enfermedad que hubiera en ese lugar?
Aquello, en la
versión del alumnado, casi era un atentado contra nosotras, ¡había sido
inaudito que la maestra de español nos hiciera prepararnos tanto para ir a un pueblo donde no había
más que estudiantes pecosos y mugrientos! Todos los que habían estado ahí
pertenecían a escuelas de gobierno, ¡de gobierno!
Creo que el enojo
de mis ex compañeras venía de ahí: de ese sentimiento de haber perdido el tiempo y haberse esforzado
para hacer algo que no las iba a acercar a un novio que “valiera la pena”, y
menos a los “futuros maridos”.
No sabía si me
daban más pena los niños impactados, las niñas celosas o mis compañeras
absurdamente altivas. Yo enada más staba ahí para no estar en la escuela, para no estar en
la capilla, para evadir mi soledad entre el tumulto y, no compartía la idea de que nuestra misión en el mundo fuera encontrar un buen partido de quien resultar embarazada.
A veces cuando paso
por Charo volviendo del trabajar pienso en esos días, en lo difícil que debió
haber sido la vida para muchos de aquellos muchachos con los que compartí
espacio algún día. Me pregunto cuántos ya estarán muertos, cuántos ya tendrán
trazada su vida, con cuántas faramallas los habrán engañado a través de sus
vidas, cuántas ex compañeras habrán encontrado a su príncipe y de qué color
será, si todas seguirán siendo intolerantes como las recuerdo, de qué se
mantendrán.
Pero lo más
importante, me pregunto cuántos de los que coincidimos en aquel encuentro de secundaria seguiremos
conservando en nuestras vidas el hilo que unió pueblo y poesía.
No comments:
Post a Comment