Thursday, December 13, 2012

Consulta pre navideña

En la consulta de hoy debí decirle al doctor que necesitaba terapia neural. Que me sentía peleada con alguien importante en mi vida, que estaba teniendo reacciones exageradas hacia el hombre que amo y estaba harta de la comida.

Pensé en las agujas alrededor de mi cara, en la resistencia de mis músculos, sintiendo sobre mis poros el despertar de una gota rojiza, mayúscula por un momento, para luego ser cobijada con una suave tela de algodón. Pensé en cómo el piquete de la tiroides me hacía dibujar en mi mente una soga apretada sobre mi cuello, esparciéndome un dolor profundo de derecha a izquierda, un mareo intenso: la adrenalina fundiéndose con el dolor. Sólo comenté el asunto de la comida.

El hastío de comer lo mismo por tres semanas era compresible, incluso normal. No hubo terapia neural.

El resto de la jornada clínica continuó igual que las otras: unos cuantos estímulos a las partes de mi cuerpo que están enfermas. Me di cuenta que el dolor es más intenso, pero lo encuentro menos dramático que en la cara.

Me esmeré por tener una conversación amena con el doctor, no sólo porque es quien me está ayudando a sanar, sino porque el sujeto me resulta simpático e interesante. Noté que procuraba alargar mi conversación con él, como si en ese momento hubiera sabido lo que seguiría en el día. Hablábamos de Tzintzincha y de los antepasados purépecha, de las batallas y los triunfos. No había lugar para pensar que mi pago no había estado listo.

Además, pregunté cosas tontas relacionadas con los alimentos, hice pausas largas, me aproveché un poco de que no hubiera más pacientes esperando afuera. Era como si en ese momento pudiera haberme aferrado al lugar y al tiempo, y no tener que llegar a la tarde, a ese convivio al cual no quería asistir. O al segundo. Lo único que quería era quedarme en la consulta, con el doctor, y esperar a que fuera de noche, hablar con mi amor, verle reír, escucharlo respirar, sentir su presencia en mi vida e irme a soñar.

Cuando el doctor preguntó si había comido algo que no debía, procuré hacer una lista minuciosa, detallada. Quizá habría sido bueno añadir lo que comería en la tarde, o en la noche, pero no me di cuenta de lo asustada que estaba. No me daba cuenta que el resto del día me sentiría simultáneamente contenta, con ganas de llorar y con ganas de dormir.
Ojalá le hubiera preguntado al doctor, ¿por qué me sentía así? ¿Por qué, de pronto, tenía esa suicida sensación de volver a la adolescencia, a la pubertad? A no saber qué ni por qué, ni medir los riesgos adecuadamente.

Cuando terminé de decir lo que había comido y no debía, habría sido conveniente comentar con el doctor que me estaba cansando de llorar antes de dormir, que hasta se me estaban formando ojeras, que mi dolor era profundo e inusual.
Pero él, el doctor, me despidió con un cálido abrazo, sus mejores deseos y un beso en la mejilla.

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