Río al recordar el tiempo en el cual me creía el centro del universo.
A veces, cuando mi hija me habla de su vida siento que estoy escuchando a la adolescente que fui hace unos años.
Creo que, apenas ahora que soy madre entiendo el sentido profundo del dicho: "más sabe el diablo por viejo, que por diablo". Es la experiencia propia, no mi parentezco con ella lo que me permite dibujar en mi mente una idea de lo que experimenta.
Escucharla me da la oportunidad de reconocer que fui la encarnación de la teoría de Ptolomeo, ¿Qué edad tenía cuando el más guapo no me quitaba los ojos de encima en cualquier lugar al que iba?
Sin importar cómo se llamase el chico en turno, el epiciclo se repetía: él nunca me invitaba a bailar, ni a salir, ni pedía mi número; y aún así, en mi cabeza estaba la certeza constante de que yo le gustaba.
Durante nuestras conversaciones quisiera hablarle de mí, de mi adolescencia, que se diera cuenta de las implicaciones de la geocentricidad.
Contarle que sin ser plenamente consciente, un día de pronto descubrí que cuerpo y carácter hacían las veces de masa gravitacional de una persona. Y bueno, la interacción entre las masas gravitacionales podía tener como resultado algo newtonianamente llamado atracción. Que, en nuestra cultura deriva en la conformación de una pareja.
Algo que recuerdo, aunque no sé si se lo diría es que, en su momento, me imaginaba a las parejas generando energía cinética. Que ésta podría entenderse como la fuerza responsable de impulsarlos tanto a seguir en la vida, como a permanecer con esa pareja; paralelamente, influía la acelaración que llevara ese movimiento en conjunto, es decir, la felicidad, el bienestar que cada cual sentía.
En pocos años, noté que algunos casados no llevaban una trayectoria circular de pareja, como yo imaginaba. El asunto se parecía a las órbitas elípticas, y a veces estaban más lejos de allá y más cerca de aquí. Pero órbitas al fin -le aclararía a mi hija-, nada de entrecruzamientos.
Quizá, mi conversación con ella llegaría hasta ahí. Aún no me siento capacitada para hablarle de Hubble. Claro, me encantaría ejemplificarle las múltiples galaxias por las cuales se puede navegar, y enfatizar que al final, sólo una de ellas es casa.
Presentarle la sintonía y la dependencia de unos sistemas de vida respecto a otros.
Lo que no sé es cómo haría para hablarle de ello, sin pensar en las pláticas que he tenido con primas, primos, sobrinas, conocidos y amistades que se han hecho pareja, o se han enamorado de alguien que pertence a un sistema solar de un campo semántico socialmente no aceptable.
Hago un alto y me pregunto, ¿Hasta dónde podría explicar todo eso a mi hija sin llenar de juicios su cabeza?
Muchas veces lo he pensando, y aún creo que no decírselo -como me gustaría- es lo mejor que puedo hacer por ella.
Pensando que yo fui el centro del universo, ¿habría querido aprender de palabras de otras personas? ¿por qué, entonces, pienso que mi hija lo haría?
¿por qué sería válido pensar que tengo autoridad para hablar de eso con ella? ¿o asegurarme que lo que pienso es lo correcto?
Ella es maravillosa, así tal cual es. Estoy segura que un día entenderá mis pensamientos de hoy y, sea que los acepte o los rechace, yo tendré la certeza de estar contenta debido a que ella, ahora, comparte conmigo sus vivencias adolescentes.
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