Aveces, aún me pregunto si aquel día debí haber aceptado que se convirtiera en "mi principe azul".
Recuerdo que él lo dijo serio, pero juguetonamente; en tanto, mis nervios y yo, no podíamos evitar una risita, supuestamente causada porque ese día él andaba vestido, precisamente, de Azul.
Por 5 años me aferré a Azul. En ese tiempo yo pensaba que él era guapo, divertido, un poco aniñado, así como inteligente y maduro por su edad, características suficientes para mantenerse en un estatus más elevado que el de cualquier novio en turno que haya tenido en ese lapso. Pero claro, a través de los ojos de los 17 años, cualquiera puede verse así.
Recuerdo que tanto el tiempo que pasaba entre una y otra vez que nos veíamos, como el periodo entre respuesta y respuesta por correo electrónico se iba sobre los hombros de un caracol en movimiento.
Los días para una fiesta a la que sabía que él asistiría, o simplemente para que sus vacaciones llegaran resultaban interminables. Y cuando por fin era, a veces ni siquiera platicaba con él, verlo, saludarlo o saber que había llegado, era suficiente para darle sentido a todo...
Durante esos 5 años en los que prácticamente me ignoró completamente, me ponía contenta cuando me invitaba a bailar, disfrutaba su presencia, su sonrisa, su respiración, procuraba dibujarlo con la mirada, como para no olvidar un detalle de él o de su rostro hasta la próxima vez que lo viera. Y ahora me sorprendo de poder, todavía, recordar minucias de sus labios, de sus ojos, la sensación de su respiración cerca.
Para darle variedad al asunto, una vez se me ocurrió simular que estaba enojada y celosa por alguna situación, la verdad es que no lo estaba, pero me daba curiosidad saber lo que se sentiría actuar así de irracionalmente.
Bueno, al final, el arrebato telenovelesco no provocó ningún cambio en Azul, así que pensé que no valdría la pena repetir una escena que ni yo misma me creía. Por el contrario, parece que entre sus hermanos y primos sí causé alguna reacción.
Un día, finalmente, sin darme cuenta me hice agradable a sus ojos y vino a hablarme con palabras bonitas, los que estuvieron presentes dicen que aquello sólo se podría describir adecuadamente con la palabra "melosos".
Entre lo que dijo, estoy segura que Azul mencionó que yo ya no era aquella niña chistosita que había conocido, sino que me había convertido en una hermosa mujer. Y muchas cosas por el estilo, hasta que finalmente dio con el asunto de ser mi príncipe azul.
Después de tanto tiempo de pedir un poco de su atención pensé que rendirme a sus pies inmediatamente sería una estupidez y, también recuerdo, aún más claramente, que aún no terminaba de formular esta idea cuando intempestivamente otra atropelló a la primera: "se quiere casar".
Y así, sin miramientos, armé una mini historia: nos casaríamos, me mudaría a su ciudad, vendríamos poco, él insistiría en no dejarme trabajar, yo allá no tendría más que familia política y ninguna amistad, como yo no trabajaría me aburriría montones; mientras tanto, él estaría todo el día fuera trabajando hasta horas extras para que yo pudiera quedarme en casa, yo me sentiría culpable y poco útil, triste por haber dejado de lado mis planes, por no seguir estudiando, por no seguir siendo adicta al trabajo; además, me sentiría poco amada, porque casi no lo vería ni tendría amistades sólidas en quienes apoyarme y, como ya estaba estipulado, él estaría fuera gran parte del día. Luego, si tuviésemos niños, el asunto se agravaría.
NO.
Aveces, aún me pregunto si aquel día debí haber aceptado que se convirtiera en "mi principe azul". Después de todo, sólo me estaba pidiendo una oportunidad, no me estaba diciendo que no podría asistir a los festivales escolares de los hijos que todavía no teníamos. No. Lo único que me estaba pidiendo era hacer realidad algunas de las cosas con las que yo había soñado por 5 años.
Igual me asusté.
A los tres meses de eso, me enteré que Azul estaba comprometido y se casaría con una chica que trabajaba en el mismo lugar que él. La boda sería al año siguiente.
No sé si sus hermanos, sabían tooodo lo de la declaración o sólo lo intuían, pero igualmente me invitaron a la fiesta. Y contrario a muchos comentarios que he escuchado de personas en esa situación, yo no sentí que hubiera sufrido al saber que él se casaba, me alegraba y, aún hoy, que Azul hiciera su vida y fuera feliz. Eso sí, fui a ayudar con los preparativos y no se me ocurrió aparecerme en la ceremonia.
Después de algunos meses, por sus primos supe que Azul estaba bien, dijeron que tenía su propia casa al sur de su ciudad y que la Señora de Azul no trabajaba. A ese respecto no pude evitar una sonrisa de "¡Lo sabía!" Supongo que no está mal, simplemente algunas personas quieren vivir en determinadas condiciones, y otras no podemos ni queremos.
Sin embargo, y a pesar de todo, es agradable volver a tener noticias de Azul, igual de breve que siempre, pero con esa sonrisa implícita, esa sonrisa aniñada tan propia de él. Pero aún más agradable es recordar esas sensaciones adolescentes, volver a sentir la felicidad, el éxtasis, la ansiedad, alegrarme por su felicidad y sus triunfos sin pretender nada más que eso: compartir la felicidad, multiplicarla y reconocerme capaz, quizá no de amar más que en aquellos días, pero sí mejor.