Friday, December 14, 2012

Vajilla de reyes para la reina

Estoy segura de que el cielo debió haberse visto gris. Yo lo recuerdo en color sepia.
Lo miraba absortamente, pensaba en los tonos diferentes que había de una nube a otra, en la cercanía entre ellas, en la suavidad de su cobijo, en la felicidad de que al cubrir a una persona, sus sueños se volvieran realidad. Imaginaba que, si una de ellas me abrazara percibiría un olor dulce.

Una gota de miel cayó sobre mi frente y, tras ella, un ejército. Bajé del cerro, sonriendo, corriendo, buscando a las demás: ¡había tormenta!

Conforme me acerqué al pueblo, encontré niños que, igual que yo, iban por las calles siguiendo al naciente riachuelo. Mientras más me acercaba al centro del pueblo, más niños encontraba.

Llegó el momento en el que todas mis amigas y yo íbamos juntas. En las marcas de las paredes de las casas, yo podía notar cómo el cuerpo de agua iba creciendo.

Mis pies también lo notaban, pero éstos se limitaban a transportarnos por aquel viaje de ensueño, en el cual los listones de nuestras trenzas coloreaban los sentimientos que los niños conducíamos por las calles.

Hacia el final del camino, ya llevábamos las nagüas alzadas, pero igual que los otros niños, nos mojábamos, enlodábamos, bailábamos como los adultos; aunque claro, a diferencia de ellos, nosotros interpretábamos la música de las bandas con la boca y las manos. Quien nos hubiera visto, habría pensado que miraba un cuadro.

Mis amigas dijeron que pronto dejaría de llover, que debíamos volver. Todas sabíamos lo que eso significaba, así que nos sonreímos unas a otras y subimos prácticamente corriendo. Llegamos a mi casa, entre dos me subieron y alcancé a empujar una de las puertas pequeñas de la ventana de madera amarilla. Me acomodé, alcancé el seguro, lo destrabé y entonces, las pude abrir de par en par. Todas entramos por ahí.

Nos instalamos cerca de lo que llamábamos la granja. Tomamos un poco de tierra mojada y cada una se puso manos a la obra. Yo me senté como había visto tantas veces a mi mamá frente al fogón. Tomé un poco de mezcla como si la estuviera sacando del metate. Empecé a tortear hasta darle detalles a un pequeño plato, después a otro; luego, a las tazas y a los vasos.

En poco tiempo cada una tenía arreglada su propia cocina. Jugábamos a visitarnos. En cada ocasión estrenábamos la vajilla de la amiga recién casada. Ella nos ofrecía comida, bebida y nosotras le preguntábamos para cuando tendría su primer bebé. La comadrita en turno respondía cualquier cosa. Todas reíamos pícaramente.

Poco a poco, caía la tarde y las comadritas dejaban de visitarse, y volvían a su forma de niñas y regresaban a sus casas.

Regularmente, cuando se iban, yo me bañaba y después me dormía. Ése día, sin embargo, saliendo de bañarme, mi papá me llamó.

Pensé que mamá por fin había logrado que me regañaran por regresar con las nagüas enlodadas, por no ayudar en la casa en día de lluvia, por entrar a hurtadillas e irme a dormir sin cenar.
Llegué a la cocina casi llorando, pensando en los azotes que me esperaban, en las palabras hirientes que tantas veces había escuchado en boca de adultos...

Mi padre sonreía tan ampliamente, que ni cuenta se ha de haber dado de la húmedad en mi cara. Hoy las ventas estuvieron bien. Me dijo. Alcanzó para traerte una sorpresa.
¿Una sorpresa? ¿Qué será? Pensé
Abrí mis ojos desorbitadamente, sin poder articular palabra.

Mi papá sonrió y su cuerpo desbocado hacía pensar que sería él quien recibiría la sorpresa. Podía ver cómo sus ojos de obsidiana se iluminaban bajo el gastado sombrero de palma.
Tenía las manos atrás de la espalda. Finalmente dijo ¡mira! Y las trajo al frente.

Imaginé que una flecha de felicidad había dado en el centro de mi corazón, podía sentir cómo pequeños rayos rosas se expandían rápidamente por todo mi cuerpo, cómo aquella sensación lo llenaba de vida, visibilizando músculos que ni siquiera sabía que tenía. Mi cuerpo se había convertido en una lámpara de felicidad. Mi boca sonreía torpe, lenta, increíblemente.

Pensé que, finalmente, no me pondría triste por la efimeridad de la vajilla con la cual había jugado por la tarde. Ésta, a la mañana siguiente se desmoronaría igual que las anteriores. Pero ésta, ésta, la que papá había traído, sería mucho más duradera. Aquella vajilla color sepia llegó a ser mi compañera de muchas tardes, de importantes visitas a las comadritas o a otros grandes personajes.

Recuerdo haberla estrechado entre mis brazos esa noche, mientras mis pies danzaban en círculos y yo sonreía para mi gran tesoro, para aquella pequeña vajilla que colgaba de un listón.

Dicen por allá quesque hoy es día de reyes y que los niños deben recibir regalos. Me dijo. Y pues yo te...
Y lo interrumpí, y lo abracé fuertemente, y le llené de besos la cara y se me salieron otras lágrimas -no las que ya había preparado-. Gracias papito, gracias. Fue todo lo que pude decir.

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