Hay días, como hoy, en los cuales realmente me cuesta trabajo entender que la gente no vino al mundo a cumplir mis expectativas, que tienen su propio camino, sus decisiones, buscan las cosas que los hacen felices... el hecho de que yo me sienta al margen de ello es cosa que, seguramente, yo me busqué.
Cuidar de otros, ver por su bienestar es una manera de amarlos. A veces, uno simplemente se va porque ama: Ama a los otros o se ama a sí mismo.
Tuesday, January 8, 2013
Wednesday, January 2, 2013
La noche en que morí
Claro que recuerdo la noche en que morí.
Todos los que morimos, lo sabemos. Tú, pequeña niña, aún estás viva, pero cuando sea tu momento te sucederá igual.
La muerte pasa como cualquier otra cosa: ir al cine o al zoológico, es decir, lo vives y después se convierte en algo que puedes recordar.
Lo que no te sabría decir es cómo es que tú me escuchas y otras personas no, sin embargo, con gusto te contaré cómo fue.
Verás, antes del atardecer había ido a las afueras de la ciudad. Estacioné el coche junto a la carretera, me recargué sobre la portezuela del copiloto, tomé la cámara que llevaba guardada en el morral que colgaba de mi hombro izquierdo.
Busqué un ángulo.
La magia comenzaba a suceder. Hice algunas tomas.
La que más me gustó fue una en la cual las nubes dibujaron difuminadamente la figura del signo "menor que", la cual se apreciaba un fondo entre dorado y naranja, sobre el cual se posaban los signos en tono inconsistentemente oscuro.
Justo bajo los signos, observé una especie de línea cuyo lado derecho era marcadamente de color amarillo intenso, a partir de la cual, hacia la izquierda se tornaba en una mezcla entre color naranja y mandarina.
Bajo ese color estaba la sombra de la cima de un cerro acompañada de nubes neblinadas. A la derecha, un pequeño espacio de neblina y, después una gran circunferencia, sobre la cual se podían apreciar en la punta el color blanco, seguido de un amarillo intenso, mandarina y durazno. A su derecha un poco más de montes y niebla.
Bajo el disco irregular, un espacio rojinegro.
Y finalmente una línea de sombra en la base.
Hice algunas tomas más.
Después me quedé recargada en la llanta trasera frente al paisaje. Conforme la noche calló fui observando la foto y el contraste con el cambio de escenario.
De pronto sonó el celular. Un recordatorio de la reservación para cenar esa noche.
Encendí el motor y conduje rumbo al estudio. Cuando llegué, Penny todavía estaba trabajando. Pregunté por sus planes. Le expliqué mi idea. Se ofreció a revelar las fotos por mí.
Fui a casa. Me duché. Sequé y acomodé mi cabello. Lo dejé suelto, sin broches.
Saqué el vestido del clóset. Mire nuevamente las flores de terciopelo, toqué las hojas. Me gustaba que fuera todo negro. Sonreí. Lo dejé sobre la cama. Me dirigí al tocador pensando que sería mejor que el maquillaje fuera discreto.
Terminé de dar luz a mi cara. Y tomé entre mis manos, recordé el arqueo de cejas de la vendedora mientras pronunciaba las palabras "escote be profundo", volví a sonreir.
Cuando me lo puse hice una cara de orgullo. La falda acampanada me iba bien.
Dudé en cubrir los tirantes con una chalina. El clima era agradable. Opté por no llevarla. Calcé las sandalias, tomé las llaves del coche. Casi llegaba al estudio cuando recordé que había olvidado la cartera.
Las luces estaban apagadas. Penny se había ido. Me había dejado la foto dentro de un marco sobre el cual había un moño, junto a una nota. "Diviértanse! Felicidades!! (No me debes nada del marco, pero del moño sí te cobraré: quiero detalles de toooodo)"
Penny era una chispa de vida que tocaba el corazón de cuanta persona la conocía. Sonreí al leer su nota, vi la hora en el reloj de la pared y me fui.
Llegué a tiempo. Pregunté por mi reservación. La respuesta que tuve fue: "Ya la esperan, señorita". Mi corazón latió aceleradamente.
Caminé hacia afuera de la nave central, por el andador. Rodeando la estructura, fui contando los números, me detuve en el mío.
Observé el camino formado por dos hileras de cinco pequeñas lámparas solares.
Al final, estaban tres macetas, quizá hasta las flores estaban acomodadas simétricamente.
Tras ellas, se alzaba el techo de jardín, que a mí me parecía de estilo tradicional japonés, pero todo en madera, de color natural.
A esa estructura la rodeaba íntimamente el verde: árboles, arbustos, discretas flores fucsias. Un par de luces junto a los troncos, que hacían buen juego con la cadena de cuatro tiras que se desprendía del centro del interior del techo.
Bajo el cual se encontraban dos sillas de mimbre. Pensé que las cuatro patas debían enterrarse con firmeza sobre el césped, igual que lo harían mis tacones conforme me fuera acercando a la mesa.
Y ahí, en una de ellas, de espaldas a mí, estaba él. Vestido coqueta y elegantemente.
Puse mi palma derecha sobre su hombro izquierdo. Giró su cabeza sonriendo, levantó el mentón. Se puso de pie.
Ciñó la tira central de mi vestido con sus manos.
Se acercó a mi oído. "Estás exquisita", me dijo.
Sonreí y me ruboricé al mismo tiempo. "Gracias", respondí. E hice una pequeña referencia.
"Es para ti", dije extendiendo mi mano. Tomó el marco en sus manos, "Es extraordinaria", exclamó. Si no conociera tu trabajo, pensaría que estoy viendo algo que sólo existe dentro de la imaginación de alguien.
"No exageres, sólo es linda", dije modestamente.
"Tienes razón", respondió "La foto sólo es linda, en cambio tú eres hermosa, preciosa, magnífica, aquí el tesoro eres tú"
Reí.
"En ese caso, el tesoro es lo que tenemos juntos", corregí.
"Ah, claro, no te pongas ruda", se sonrrojó.
"No me pongo, sólo digo que así me parece", volví a sonreír.
La cena fue deliciosa. El servicio era eficiente y discreto. La conversación había sido animada y hasta cierto punto jocosa.
De pronto, su rostro se puso serio. "Necesito que te levantes porque tengo algo que decirte, pero quiero decírtelo al oído".
Abrí mis ojos, la sorpresa me invadió.
Pensaba que, después de un año de relación formal, aquel sería el día en el cual Davor diría me expresaría su deseo de contemplar las estrellas junto a mí y, después ver salir el sol a mi lado, uno y todos los días.
Ojalá no me hubiese vuelto presa de esos pensamientos. Mucho me he reprochado no haber estado atenta a lo que pasaba en la nave central del restaurante. Es verdad estábamos un poco alejados, entre metidos en el bosque... pero de me he preguntado si verdad no se escuchó nada, ¿cómo no intuí lo que sucedía?
Cuando me di cuenta abrupta y silenciosamente llegaron tres sujetos con pistolas en mano. A mí me parecieron martillos o taladros con las brocas puestas, pero alcancé a escuchar que Davor farfulló "Micro uzi".
La tristeza que sentía debió haber bloqueado mi producción de adrenalina. Estaba concentrada en mis pensamientos. Estoy segura que llegaron y pusieron pistolas apuntando hacia nuestras cabezas.
Por las lágrimas en mis ojos podría no haberme dado cuenta nunca de su presencia; así que, me hice consciente del arma cuando Davor dejó de abrazarme.
Me costaba trabajo darme cuenta de lo que pasaba del otro lado de la cascada de mis ojos.
Uno de los sujetos me golpeó en el estómago. Tardé un poco en darme cuenta que Davor también había sido golpeado. Todos me miraban.
"Que me des tu cartera", me gritó el hombre.
"Nnn-o laa-traa-je", respondí tan fluidamente como me fue posible.
"Qué", me interpeló socarronamente. "Esperas que crea que una mujer puede salir sin bolsa o cartera", inquirió.
Empecé a dejar de pensar un poco en la pena que me embargaba: "De veras la olvidé".
Entonces vi algo que me imaginé que era un ataque de ira. Seguido de lo cual rodeó una de las manos de Davor con la suya. En ella traía algo parecido a un gancho de pesca, pero más grande, ancho y un poco menos curvo. Lo movió hacia donde estaba yo, me moví, otro hombre me abrazó deteniéndome de los hombros.
Davor y el otro sujeto me alcanzaron. Sentí cómo el gancho se incrustó un poco debajo de mi hígado, lentamente avanzó hacia el páncreas, lenta y ásperamente rumbo al intestino, lenta, áspera y pesadamente hasta llegar un poco antes de la pelvis.
Sentía un dolor intenso, profundo, veía el gesto en el rostro de Davor. Creo que se daba cuenta del doble daño que yo experimentaba a causa suya. No sé si de algo habría servido poder decirle que atravesarme el abdomen con el semi gancho era lo que menos me había dolido esa noche.
También hubiera querido decirle que, después de las palabras que había pronunciado a mis oídos, no sé cuánto tiempo más lo habría podido amar intensa, absurda y descontroladamente... como había sido hasta entonces.
Me había levantado aterciopeladamente, un poco asustada por su rostro serio.
Tuvimos una aproximación suave, plumífera, cálida. Mi pecho se posó sobre su torso.
Mis manos tocaron su media espalda, mis yemas se deslizaron delicadamente hacia su área lumbar.
Al instante, sus rojos labios abanicaron una amplia sonrisa dibujando un destello celestial en sus negros y profundos ojos. Mi cara hizo espejo a la suya.
Sus manos subieron a mis hombros, bajaron acariciando mis brazos, llegaron a la cintura hasta el punto en el que nuestros ombligos se quedaron cerca uno del otro y la punta de mi nariz buscó a su homóloga.
Sentí cómo mis párpados se entrecerraron aborregadamente mientras lo miraba y todo se volvía un espiral de adrenalina y amor.
No quise más que ser feliz.
Finalmente sus labios se abrieron. "En unos meses tendré la dicha de ser papá, pero quisiera que lo nuestro no cambiara. Te amo".
Y así, con ese recuerdo en mente, pude ver cómo el sujeto en el restaurante jaló del gatillo, justo arriba de mis ojos. Dejé de sufrir y no he vuelto a experimentar el dolor.
Todos los que morimos, lo sabemos. Tú, pequeña niña, aún estás viva, pero cuando sea tu momento te sucederá igual.
La muerte pasa como cualquier otra cosa: ir al cine o al zoológico, es decir, lo vives y después se convierte en algo que puedes recordar.
Lo que no te sabría decir es cómo es que tú me escuchas y otras personas no, sin embargo, con gusto te contaré cómo fue.
Verás, antes del atardecer había ido a las afueras de la ciudad. Estacioné el coche junto a la carretera, me recargué sobre la portezuela del copiloto, tomé la cámara que llevaba guardada en el morral que colgaba de mi hombro izquierdo.
Busqué un ángulo.
La magia comenzaba a suceder. Hice algunas tomas.
La que más me gustó fue una en la cual las nubes dibujaron difuminadamente la figura del signo "menor que", la cual se apreciaba un fondo entre dorado y naranja, sobre el cual se posaban los signos en tono inconsistentemente oscuro.
Justo bajo los signos, observé una especie de línea cuyo lado derecho era marcadamente de color amarillo intenso, a partir de la cual, hacia la izquierda se tornaba en una mezcla entre color naranja y mandarina.
Bajo ese color estaba la sombra de la cima de un cerro acompañada de nubes neblinadas. A la derecha, un pequeño espacio de neblina y, después una gran circunferencia, sobre la cual se podían apreciar en la punta el color blanco, seguido de un amarillo intenso, mandarina y durazno. A su derecha un poco más de montes y niebla.
Bajo el disco irregular, un espacio rojinegro.
Y finalmente una línea de sombra en la base.
Hice algunas tomas más.
Después me quedé recargada en la llanta trasera frente al paisaje. Conforme la noche calló fui observando la foto y el contraste con el cambio de escenario.
De pronto sonó el celular. Un recordatorio de la reservación para cenar esa noche.
Encendí el motor y conduje rumbo al estudio. Cuando llegué, Penny todavía estaba trabajando. Pregunté por sus planes. Le expliqué mi idea. Se ofreció a revelar las fotos por mí.
Fui a casa. Me duché. Sequé y acomodé mi cabello. Lo dejé suelto, sin broches.
Saqué el vestido del clóset. Mire nuevamente las flores de terciopelo, toqué las hojas. Me gustaba que fuera todo negro. Sonreí. Lo dejé sobre la cama. Me dirigí al tocador pensando que sería mejor que el maquillaje fuera discreto.
Terminé de dar luz a mi cara. Y tomé entre mis manos, recordé el arqueo de cejas de la vendedora mientras pronunciaba las palabras "escote be profundo", volví a sonreir.
Cuando me lo puse hice una cara de orgullo. La falda acampanada me iba bien.
Dudé en cubrir los tirantes con una chalina. El clima era agradable. Opté por no llevarla. Calcé las sandalias, tomé las llaves del coche. Casi llegaba al estudio cuando recordé que había olvidado la cartera.
Las luces estaban apagadas. Penny se había ido. Me había dejado la foto dentro de un marco sobre el cual había un moño, junto a una nota. "Diviértanse! Felicidades!! (No me debes nada del marco, pero del moño sí te cobraré: quiero detalles de toooodo)"
Penny era una chispa de vida que tocaba el corazón de cuanta persona la conocía. Sonreí al leer su nota, vi la hora en el reloj de la pared y me fui.
Llegué a tiempo. Pregunté por mi reservación. La respuesta que tuve fue: "Ya la esperan, señorita". Mi corazón latió aceleradamente.
Caminé hacia afuera de la nave central, por el andador. Rodeando la estructura, fui contando los números, me detuve en el mío.
Observé el camino formado por dos hileras de cinco pequeñas lámparas solares.
Al final, estaban tres macetas, quizá hasta las flores estaban acomodadas simétricamente.
Tras ellas, se alzaba el techo de jardín, que a mí me parecía de estilo tradicional japonés, pero todo en madera, de color natural.
A esa estructura la rodeaba íntimamente el verde: árboles, arbustos, discretas flores fucsias. Un par de luces junto a los troncos, que hacían buen juego con la cadena de cuatro tiras que se desprendía del centro del interior del techo.
Bajo el cual se encontraban dos sillas de mimbre. Pensé que las cuatro patas debían enterrarse con firmeza sobre el césped, igual que lo harían mis tacones conforme me fuera acercando a la mesa.
Y ahí, en una de ellas, de espaldas a mí, estaba él. Vestido coqueta y elegantemente.
Puse mi palma derecha sobre su hombro izquierdo. Giró su cabeza sonriendo, levantó el mentón. Se puso de pie.
Ciñó la tira central de mi vestido con sus manos.
Se acercó a mi oído. "Estás exquisita", me dijo.
Sonreí y me ruboricé al mismo tiempo. "Gracias", respondí. E hice una pequeña referencia.
"Es para ti", dije extendiendo mi mano. Tomó el marco en sus manos, "Es extraordinaria", exclamó. Si no conociera tu trabajo, pensaría que estoy viendo algo que sólo existe dentro de la imaginación de alguien.
"No exageres, sólo es linda", dije modestamente.
"Tienes razón", respondió "La foto sólo es linda, en cambio tú eres hermosa, preciosa, magnífica, aquí el tesoro eres tú"
Reí.
"En ese caso, el tesoro es lo que tenemos juntos", corregí.
"Ah, claro, no te pongas ruda", se sonrrojó.
"No me pongo, sólo digo que así me parece", volví a sonreír.
La cena fue deliciosa. El servicio era eficiente y discreto. La conversación había sido animada y hasta cierto punto jocosa.
De pronto, su rostro se puso serio. "Necesito que te levantes porque tengo algo que decirte, pero quiero decírtelo al oído".
Abrí mis ojos, la sorpresa me invadió.
Pensaba que, después de un año de relación formal, aquel sería el día en el cual Davor diría me expresaría su deseo de contemplar las estrellas junto a mí y, después ver salir el sol a mi lado, uno y todos los días.
Ojalá no me hubiese vuelto presa de esos pensamientos. Mucho me he reprochado no haber estado atenta a lo que pasaba en la nave central del restaurante. Es verdad estábamos un poco alejados, entre metidos en el bosque... pero de me he preguntado si verdad no se escuchó nada, ¿cómo no intuí lo que sucedía?
Cuando me di cuenta abrupta y silenciosamente llegaron tres sujetos con pistolas en mano. A mí me parecieron martillos o taladros con las brocas puestas, pero alcancé a escuchar que Davor farfulló "Micro uzi".
La tristeza que sentía debió haber bloqueado mi producción de adrenalina. Estaba concentrada en mis pensamientos. Estoy segura que llegaron y pusieron pistolas apuntando hacia nuestras cabezas.
Por las lágrimas en mis ojos podría no haberme dado cuenta nunca de su presencia; así que, me hice consciente del arma cuando Davor dejó de abrazarme.
Me costaba trabajo darme cuenta de lo que pasaba del otro lado de la cascada de mis ojos.
Uno de los sujetos me golpeó en el estómago. Tardé un poco en darme cuenta que Davor también había sido golpeado. Todos me miraban.
"Que me des tu cartera", me gritó el hombre.
"Nnn-o laa-traa-je", respondí tan fluidamente como me fue posible.
"Qué", me interpeló socarronamente. "Esperas que crea que una mujer puede salir sin bolsa o cartera", inquirió.
Empecé a dejar de pensar un poco en la pena que me embargaba: "De veras la olvidé".
Entonces vi algo que me imaginé que era un ataque de ira. Seguido de lo cual rodeó una de las manos de Davor con la suya. En ella traía algo parecido a un gancho de pesca, pero más grande, ancho y un poco menos curvo. Lo movió hacia donde estaba yo, me moví, otro hombre me abrazó deteniéndome de los hombros.
Davor y el otro sujeto me alcanzaron. Sentí cómo el gancho se incrustó un poco debajo de mi hígado, lentamente avanzó hacia el páncreas, lenta y ásperamente rumbo al intestino, lenta, áspera y pesadamente hasta llegar un poco antes de la pelvis.
Sentía un dolor intenso, profundo, veía el gesto en el rostro de Davor. Creo que se daba cuenta del doble daño que yo experimentaba a causa suya. No sé si de algo habría servido poder decirle que atravesarme el abdomen con el semi gancho era lo que menos me había dolido esa noche.
También hubiera querido decirle que, después de las palabras que había pronunciado a mis oídos, no sé cuánto tiempo más lo habría podido amar intensa, absurda y descontroladamente... como había sido hasta entonces.
Como si hubiera estado dentro de una película, empecé a dejar de escuchar lo que me rodeaba, inicié un proceso de ensimismamiento. Y dejé de ver al tercer hombre, al que controlaba la situación.
Comencé a hilar sus palabras: "Necesito que te levantes porque tengo algo que decirte, y quiero que sea al oído".
Me había levantado aterciopeladamente, un poco asustada por su rostro serio.
Tuvimos una aproximación suave, plumífera, cálida. Mi pecho se posó sobre su torso.
Mis manos tocaron su media espalda, mis yemas se deslizaron delicadamente hacia su área lumbar.
Al instante, sus rojos labios abanicaron una amplia sonrisa dibujando un destello celestial en sus negros y profundos ojos. Mi cara hizo espejo a la suya.
Sus manos subieron a mis hombros, bajaron acariciando mis brazos, llegaron a la cintura hasta el punto en el que nuestros ombligos se quedaron cerca uno del otro y la punta de mi nariz buscó a su homóloga.
Sentí cómo mis párpados se entrecerraron aborregadamente mientras lo miraba y todo se volvía un espiral de adrenalina y amor.
No quise más que ser feliz.
Finalmente sus labios se abrieron. "En unos meses tendré la dicha de ser papá, pero quisiera que lo nuestro no cambiara. Te amo".
Y así, con ese recuerdo en mente, pude ver cómo el sujeto en el restaurante jaló del gatillo, justo arriba de mis ojos. Dejé de sufrir y no he vuelto a experimentar el dolor.
Sunday, December 30, 2012
Thursday, December 27, 2012
Wednesday, December 26, 2012
Imagino la dicha de ser padre
Imagino la dicha de ser padre. Quisiera alegrarme plenamente, pero sólo pienso en mí.
Recuerdo tus palabras diciendo que soy yo tu razón de querer ser mejor. Sonrío, no lo soy.
Que me amas. Sonrío, no es verdad.
Que me extrañas. Sonrío, estás donde quieres estar.
Percibo el latido traslúcido del día en el que compartas tu vida conmigo; entonces, se me rompe el alma y el corazón.
Recuerdo tus palabras diciendo que soy yo tu razón de querer ser mejor. Sonrío, no lo soy.
Que me amas. Sonrío, no es verdad.
Que me extrañas. Sonrío, estás donde quieres estar.
Percibo el latido traslúcido del día en el que compartas tu vida conmigo; entonces, se me rompe el alma y el corazón.
Wednesday, December 19, 2012
Encuentro
Tuvimos una aproximación suave, plumífera, cálida.
Mi pecho se posó sobre su torso.
Mi blusa hizo contacto con la camisa de su equipo deportivo favorito, sentí la textura algodonada, la pasión y la inocencia fundidas en sus colores.
Mis manos tocaron su media espalda, mis yemas se deslizaron delicadamente hacia su área lumbar.
Al instante, sus rojos labios abanicaron una amplia sonrisa dibujando un destello celestial en sus negros y profundos ojos. Mi cara hizo espejo a la suya.
Sus manos subieron a mis hombros, bajaron acariciando mis brazos, llegaron a la cintura hasta el punto en el que nuestros ombligos se quedaron cerca uno del otro y la punta de mi nariz buscó a su homóloga.
Sentí cómo mis párpados se entrecerraron aborregadamente mientras lo miraba y todo se volvía un espiral de adrenalina y amor.
No quise más que ser feliz.
Mi pecho se posó sobre su torso.
Mi blusa hizo contacto con la camisa de su equipo deportivo favorito, sentí la textura algodonada, la pasión y la inocencia fundidas en sus colores.
Mis manos tocaron su media espalda, mis yemas se deslizaron delicadamente hacia su área lumbar.
Al instante, sus rojos labios abanicaron una amplia sonrisa dibujando un destello celestial en sus negros y profundos ojos. Mi cara hizo espejo a la suya.
Sus manos subieron a mis hombros, bajaron acariciando mis brazos, llegaron a la cintura hasta el punto en el que nuestros ombligos se quedaron cerca uno del otro y la punta de mi nariz buscó a su homóloga.
Sentí cómo mis párpados se entrecerraron aborregadamente mientras lo miraba y todo se volvía un espiral de adrenalina y amor.
No quise más que ser feliz.
Sunday, December 16, 2012
El centro del universo
Río al recordar el tiempo en el cual me creía el centro del universo.
A veces, cuando mi hija me habla de su vida siento que estoy escuchando a la adolescente que fui hace unos años.
Creo que, apenas ahora que soy madre entiendo el sentido profundo del dicho: "más sabe el diablo por viejo, que por diablo". Es la experiencia propia, no mi parentezco con ella lo que me permite dibujar en mi mente una idea de lo que experimenta.
Escucharla me da la oportunidad de reconocer que fui la encarnación de la teoría de Ptolomeo, ¿Qué edad tenía cuando el más guapo no me quitaba los ojos de encima en cualquier lugar al que iba?
Sin importar cómo se llamase el chico en turno, el epiciclo se repetía: él nunca me invitaba a bailar, ni a salir, ni pedía mi número; y aún así, en mi cabeza estaba la certeza constante de que yo le gustaba.
Durante nuestras conversaciones quisiera hablarle de mí, de mi adolescencia, que se diera cuenta de las implicaciones de la geocentricidad.
Contarle que sin ser plenamente consciente, un día de pronto descubrí que cuerpo y carácter hacían las veces de masa gravitacional de una persona. Y bueno, la interacción entre las masas gravitacionales podía tener como resultado algo newtonianamente llamado atracción. Que, en nuestra cultura deriva en la conformación de una pareja.
Algo que recuerdo, aunque no sé si se lo diría es que, en su momento, me imaginaba a las parejas generando energía cinética. Que ésta podría entenderse como la fuerza responsable de impulsarlos tanto a seguir en la vida, como a permanecer con esa pareja; paralelamente, influía la acelaración que llevara ese movimiento en conjunto, es decir, la felicidad, el bienestar que cada cual sentía.
En pocos años, noté que algunos casados no llevaban una trayectoria circular de pareja, como yo imaginaba. El asunto se parecía a las órbitas elípticas, y a veces estaban más lejos de allá y más cerca de aquí. Pero órbitas al fin -le aclararía a mi hija-, nada de entrecruzamientos.
Quizá, mi conversación con ella llegaría hasta ahí. Aún no me siento capacitada para hablarle de Hubble. Claro, me encantaría ejemplificarle las múltiples galaxias por las cuales se puede navegar, y enfatizar que al final, sólo una de ellas es casa.
Presentarle la sintonía y la dependencia de unos sistemas de vida respecto a otros.
Lo que no sé es cómo haría para hablarle de ello, sin pensar en las pláticas que he tenido con primas, primos, sobrinas, conocidos y amistades que se han hecho pareja, o se han enamorado de alguien que pertence a un sistema solar de un campo semántico socialmente no aceptable.
Hago un alto y me pregunto, ¿Hasta dónde podría explicar todo eso a mi hija sin llenar de juicios su cabeza?
Muchas veces lo he pensando, y aún creo que no decírselo -como me gustaría- es lo mejor que puedo hacer por ella.
Pensando que yo fui el centro del universo, ¿habría querido aprender de palabras de otras personas? ¿por qué, entonces, pienso que mi hija lo haría?
¿por qué sería válido pensar que tengo autoridad para hablar de eso con ella? ¿o asegurarme que lo que pienso es lo correcto?
Ella es maravillosa, así tal cual es. Estoy segura que un día entenderá mis pensamientos de hoy y, sea que los acepte o los rechace, yo tendré la certeza de estar contenta debido a que ella, ahora, comparte conmigo sus vivencias adolescentes.
A veces, cuando mi hija me habla de su vida siento que estoy escuchando a la adolescente que fui hace unos años.
Creo que, apenas ahora que soy madre entiendo el sentido profundo del dicho: "más sabe el diablo por viejo, que por diablo". Es la experiencia propia, no mi parentezco con ella lo que me permite dibujar en mi mente una idea de lo que experimenta.
Escucharla me da la oportunidad de reconocer que fui la encarnación de la teoría de Ptolomeo, ¿Qué edad tenía cuando el más guapo no me quitaba los ojos de encima en cualquier lugar al que iba?
Sin importar cómo se llamase el chico en turno, el epiciclo se repetía: él nunca me invitaba a bailar, ni a salir, ni pedía mi número; y aún así, en mi cabeza estaba la certeza constante de que yo le gustaba.
Durante nuestras conversaciones quisiera hablarle de mí, de mi adolescencia, que se diera cuenta de las implicaciones de la geocentricidad.
Contarle que sin ser plenamente consciente, un día de pronto descubrí que cuerpo y carácter hacían las veces de masa gravitacional de una persona. Y bueno, la interacción entre las masas gravitacionales podía tener como resultado algo newtonianamente llamado atracción. Que, en nuestra cultura deriva en la conformación de una pareja.
Algo que recuerdo, aunque no sé si se lo diría es que, en su momento, me imaginaba a las parejas generando energía cinética. Que ésta podría entenderse como la fuerza responsable de impulsarlos tanto a seguir en la vida, como a permanecer con esa pareja; paralelamente, influía la acelaración que llevara ese movimiento en conjunto, es decir, la felicidad, el bienestar que cada cual sentía.
En pocos años, noté que algunos casados no llevaban una trayectoria circular de pareja, como yo imaginaba. El asunto se parecía a las órbitas elípticas, y a veces estaban más lejos de allá y más cerca de aquí. Pero órbitas al fin -le aclararía a mi hija-, nada de entrecruzamientos.
Quizá, mi conversación con ella llegaría hasta ahí. Aún no me siento capacitada para hablarle de Hubble. Claro, me encantaría ejemplificarle las múltiples galaxias por las cuales se puede navegar, y enfatizar que al final, sólo una de ellas es casa.
Presentarle la sintonía y la dependencia de unos sistemas de vida respecto a otros.
Lo que no sé es cómo haría para hablarle de ello, sin pensar en las pláticas que he tenido con primas, primos, sobrinas, conocidos y amistades que se han hecho pareja, o se han enamorado de alguien que pertence a un sistema solar de un campo semántico socialmente no aceptable.
Hago un alto y me pregunto, ¿Hasta dónde podría explicar todo eso a mi hija sin llenar de juicios su cabeza?
Muchas veces lo he pensando, y aún creo que no decírselo -como me gustaría- es lo mejor que puedo hacer por ella.
Pensando que yo fui el centro del universo, ¿habría querido aprender de palabras de otras personas? ¿por qué, entonces, pienso que mi hija lo haría?
¿por qué sería válido pensar que tengo autoridad para hablar de eso con ella? ¿o asegurarme que lo que pienso es lo correcto?
Ella es maravillosa, así tal cual es. Estoy segura que un día entenderá mis pensamientos de hoy y, sea que los acepte o los rechace, yo tendré la certeza de estar contenta debido a que ella, ahora, comparte conmigo sus vivencias adolescentes.
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